viernes, 15 de junio de 2012

Héroes.

E incluso lo más grande que ha habido en mi vida abstracta, lo que más gritaba mi alma durante años, el amor. Incluso a eso le doy la espalda en la práctica. Incluso eso queda en la superficie cuando amo. No me hace vibrar, más que cuando llego a la culminación amorosa, entonces sí. Pero quiero sentir el aire como si yo lo soplara, y tocar las nubes yo sólo, verme en technicolor en vez de en monochrome.
Te vas y vuelvo a mí, miro lo que piensa mi cerebro y son todo contradicciones, mi cerebro luchando por asimilar la felicidad, o retrocediendo, a veces parece que incluso está reiniciándose, para mantenerse en ese estado. Porque biológicamente parece que está atrapado en ese estado. Quizás eso soy yo, y ya es hora de hablar de mí, de comprometerme, y no de abstraerme y hablar sobre mí, sino hacerlo desde el yo más íntimo, el que pone cada gota de sangre en toda palabra, el que sonríe mirando esquizofrénicamente al mundo pensando, todos han muerto, yo he muerto, y todos están vivos, yo estoy vivo, soy mayor, soy pequeño y soy senil (Haceros no un favor, sino un homenaje: leed Siddharta, de Herman Hesse).
Estoy abierto al mundo, quiero amarlo, pero es que sois todos tan estúpidos... Incluso os duele cuando os lo digo, como si nadie fuera consciente en ningún momento de su condición natural de imbécil. Poca gente lo presupone. Pero las que lo hacen, esos sí, esos son los héroes, los que pueden vivir con esa contradicción: soy el animal más estúpido que ha pisado la faz de la Tierra, me hago preguntas que puedo responder, si acaso, a medias, nunca satisfechas, aunque encuentre la respuesta más bella, psicológica, la más ordenada: lo veo así porque lo creo así... Pero aún con este bagaje, aún con todo este embrollo simbólico: los héroes son los que lo siguen intentando. Los que a pesar de saber que no pueden alcanzar la verdad, se satisfacen con unas respuestas humanas, a medias, porque saben que lo que más puede dar el hombre de sí es lo perfecto, lo maravilloso, y cuando éste confía además en todas sus capacidades como si fueran infalibles, consigue hallar la verdad, y parece que sólo hubiera ésta. Los que a pesar de su estupidez confían en su capacidad para ser humanos correctamente: "en esto no me puedo equivocar", decimos. "Si todo fueran cuestiones humanas, la vida es un paripé. Hay que dar lo divino de cada uno, hay que vivir acorde con la máximamente maravilloso que hay en nosotros".
Ya he hablado de aquella condición humana tan básica, el como si kantiano, que aún creo se puede extender a muchos ámbitos de la vida. Vive como si pudieras ser feliz, y como si la vida mereciera la pena. Vive como si amaras, para amar: no es ficción ni fingido, pues es la actitud de amor lo que desencadena la espiral del amor. Ésta es igual de profunda que la espiral de la fatiga, que genera odio, que genera guerra, envidia, lucha, más fatiga, y abstrayéndose de sí, porque no se aguanta siendo inmoral... Pero mediante el amor, aunque puede surgir el odio, la guerra y la lucha con más fuerza, uno no se abstrae, sino que se encuentra: porque es donde se encuentra agustito consigo mismo, porque cuando uno ama no se quiere evadir de sí, sino que quiere abrazar ese amor y llorarse, aguantarse pase lo que pese. Sí, el amor es más grande que el odio, no son dos caras de la misma moneda, o si no la moneda toda es imposible, pues tiene una cara más grande que la otra. Con ésta es posible todo, incluso anular la otra cara. Con el eros se puede hacer todo, pero no hay que irse tan lejos en el ámbito individual... Con el eros se puede vivir.

domingo, 12 de febrero de 2012

OMG!

Voy a delinear mi concepto de Dios. No voy a crear ninguna religión, pero si queréis acompañarme en mis rezos espontáneos, no consisten en otra cosa que en agradecer a la vida permitirnos formar parte de ella. Ah sí, y cumplir el celibato hasta el matrimonio (¿Os imagináis?).

Pero de aquí al matrimonio
sin saber comer un coño
nadie sabe tratar a la rima
como Kase – O, ¡coño!

Concepto de Dios como Vida (vida sentida y con sentido, que tiene duende, porque "algo hay -¡seguro!-"), vida mágica, vida que es magia que nos envuelve y nos hace ver y comprender. Existencia puta, que te da un beso envenenado: un mal trago y una felicidad efímera. Vida que parece que tiene vida en abstracto, fuera de los humanos, y que parece querer enseñarnos cuál es el fin o propósito de la existencia. Pero sólo cuando estemos preparados para reflexionar.
Vida como una energía que ha sentido toda la humanidad, encaminada hacia el Bien, la Belleza y la Verdad. Hay un progreso, porque hay una fuente ontológica que nos constituye como seres orientados hacia este triplete platónico. Lo buscamos y hacemos a nuestra manera, pero la intención ha sido siempre la misma. Esta respuesta se puede obtener en cuanto uno se pregunta ¿por qué el hombre reconoce el Bien como algo superior a él mismo? ¿Se halla en la sociedad? No siempre. ¿Se halla en la cultura? No siempre. Se halla en uno mismo, entonces, en todos y cada uno de nosotros, para destaparla cuando uno esté preparado para hacerlo. Y otra cosa que se halla en uno mismo es la razón, de ahí su carácter divino: es universal.
Vida que nos enseña si estamos dispuestos a aprender, y que nos regala lo que queramos si se lo proponemos de corazón. Vida que parece que tiene pulso, y algunos fallos orgánicos o catástrofes tan naturales como las cumbres más altas o las cascadas más suaves. Vida que te trae sin preguntarte, te lleva sin esperarte, pero te regala la existencia, y con ella la razón y el amor.
Dios es la vida. Nuestra vida es parte de Dios. La vida de todos es Dios.
Dios es lo que ignoramos (¡siempre ignoramos!, pero ¿por qué? La filosofía delinea la ignorancia). Dios es esa energía que ha guiado a la humanidad hacia el triplete platónico. Hay un progreso, y no es fortuito: estamos encaminados hacia algo superior, porque si estuviéramos orientados hacia lo inferior o terrenal, habríamos ido en picado, pero evolucionamos. ¿Por qué dejamos de ser chimpancés? ¿Por qué sólo sobrevive lo mejor? ¿Por qué tenemos ideas que triunfan cuando son buenas? ¿A qué nos atenemos para diferenciar lo bueno y lo malo? ¿Por qué se nos eriza el vello cuando algo nos parece bien, se nos dilatan las pupilas cuando vemos lo que queremos, por qué amamos la verdad? Algo hay, ¡seguro! Y ese algo escapa a nuestra comprensión racional. Sólo se puede ser ateo siendo estrictamente racional, tanto que ni se tenga en cuenta todo el espectro emocional de la vida. Si quieren explicármelo con conceptos de relaciones químicas entre neuronas, me da igual. Ese, amigos míos, es Dios encarnado en el hombre. El sentimiento escapa a la lógica por una razón: el Principio o Primer motor no está ahí para ser racionalizado; existe para no ser jamás comprendido en vida, sino sólo contemplado. Y si no hay Dios os digo, hermanos (XD) ¿vivimos en un mundo triste y sin sentido? Si no hay religión correcta, ¿hay al menos una concepción de Dios acertada? Por supuesto que no. Hay una solución entre el agnosticismo y el ferviente devoto: creer en la vida. La vida es sueño, dice el motivado (gesto de José Mota en el cansino histórico, saludando con la mano por debajo de la rodilla )... pues despiértate, ¿no? La vida es tan real que duele vivirla, cuando no proporciona lágrimas de placer o llanto de indiferencia. Podría escribir libros intentando detallar en qué consiste Dios para mí, y seguiría equivocándome ineluctablemente. Pero algún día acertaré, lo sé, porque el camino correcto es aquel que no cierra puertas, sino que las abre. Y cerrarle la puerta a Dios en la cara debe estar feo, teniendo en cuenta que la naturaleza, la ciencia, la vida, el espíritu, la "energeia" griega, la evolución, la afirmación, la verdad y la magia infinita de la Razón, Dios, al fin y al cabo, nos ha dado la oportunidad de abrir estas puertas, cerrar otras ventanas, mirar lo que nuestro alma quiera y pasearnos por el mundo contemplando con media sonrisa y mirada profunda lo que hay detrás de cada realidad. "Los ojos del alma se encaminan hacia aquello que se ama" – San Agustín.

jueves, 26 de enero de 2012

Originalidad.

Hace tiempo, una muy querida amiga mía me dijo que no se podía ser enteramente original. En su momento le dí la razón, porque parecía teóricamente imposible. Pero la práctica de la vida y la lógica inefable que ésta contiene, me han hecho ver las cosas de otra manera. Si crees que algo es imposible, es porque no lo has intentado lo suficiente.

Intentaré describir cómo creo, en mi cada vez menos humilde opinión, que he conseguido ser, sino original en el sentido más común, pues implicaría ser y aparentar ser diferente a todo el mundo -y esto es un error-, original al menos en mi raíz humana, especial en mi manera de combinar razón y corazón, y sobre todo único en mi actitud frente a la vida.

Antes que nada he de perfilar mi noción de prejuicio. Prejuicio es etimológicamente lo que existe antes del juicio. Hay prejuicios que el ser humano adquiere por costumbre y son útiles para su supervivencia y para progresar en su día a día. Hay, por el contrario, prejuicios que adquirimos por no profundizar en la cuestión hasta darnos cuenta de que no lo podemos saber desde el enfoque que le hemos dado. Es una costumbre ruin y mezquina del hombre de hoy: parece que tengamos algo mucho más importante que hacer que pensar. Y es que hay que seguir adelante, por supuesto, y si uno se para a preguntarse tantas cosas como debería, al final se queda parado del todo. Pero cabe preguntarse, si sigo adelante sin saber la verdad, ¿de qué tullido, lisiado e infeliz modo voy a seguir adelante? En cambio, si a través del reposado conocimiento reflexivo llego a la verdad, será una razón para caminar con más fuerza. En definitiva, y dejando ya de lado la rama por la que he trepado sin querer, no es bueno dejar a la razón de lado, subordinarla a la vida, sino centrarse, con no poco esfuerzo casi inhumano, en la búsqueda de la verdad, para encontrar los cimientos

Hace ya dos años que eliminé todos los prejuicios perjudiciales que podía albergar. ¿Cómo? La admiración socrática, que deja perplejo a aquél que, creyendo conocer algo perfectamente, se da cuenta de pronto de que lo que ignora es más grande que su conocimiento. Y es que, al conocer, los campos de tiniebla e ignorancia crecen en proporción a los de luz y sabiduría. Pero avanza la persona, como todo abstracto, delimitando su totalidad como un ser que comprende lo que ignora y lo que conoce.

Existe para mí una humanidad, y lo que somos se identifica con lo que nos hace iguales, nuestra base. También la cultura forma parte del ser humano, pues lo forma como personalidad, pero no hay diferencias estructurales en la cultura. No, no es que la globalización me haya introducido este ideal; cada pueblo tiene una intrahistoria propia e innegable. Pero precisamente por eso, todos somos iguales en lo que somos idénticos; y todos somos distintos en lo que nos diferencia. Porque a todos nos diferencia lo mismo. Puede parecer un juego de palabras. Confieso que soy un poco travieso, y estoy jugando con el lenguaje, pues en realidad no existe una manera de razonar que todos somos iguales sin decir a la vez que cada uno es distinto a los demás. No hay truco ni forma de establecer que todos somos exactamente iguales. Pero sí existe una práctica, (lo demostraré luego, cuando concluya mi simposio sobre la originalidad) y es la perplejidad en que Sócrates dejaba a sus interlocutores cuando paseaba por Atenas y les formulaba preguntas hasta que reconocían que no sabían nada sobre lo que decían saber todo. Y encima, -¡manda huevos!-, el muy suavón de nuestro personaje de cuya existencia no quiero acordarme, tras hacer quedar como un auténtico idiotés al interrogado, se cruza las manos a la espalda y, mirando al horizonte le explica: No, pero a ver, que "yo solo sé que no sé nada". No es suficiente humillación que se te desmoronen tus creencias en público, sino que ha de hacértelo ver el que se considera el más ignorante. No me extraña que lo condenaran a muerte. Se ve que la verdad nunca se ha vendido bien.

Suelo irme por las ramas, ya me conocéis los asiduos (gracias, ¡mil gracias!, sois el anárquico montón de escoria social con el que más me identifico), así que volveré al grano. Tras socratizarme mediante preguntas y más preguntas sobre lo que sé de verdad, quedé casi vacío. Es en este momento donde uno está más en la cuerda floja. Ha de poner uno todo su empeño, como si le fuera la vida en ello, porque de hecho le va, en construirse a sí con cimientos sólidos e inamovibles. Es sencillo porque tras borrar todo lo que no es verdad, tras eliminar todo contenido relativo o situacional, lo único que queda, lo restante a esa introspección aniquiladora, es la pureza.

No simplemente algo puro, sino pureza, como lo más natural. Se tarda mucho tiempo -¡y más preguntas! ¿Os imagináis que hubieran acabado?- en formarte una concepción de qué es lo natural, pues es fácil responder rápidamente con un todo, pero hay que ver la evolución humana como sistema consolidado que acepta y rechaza ideas en función de si encajan o no con los principios de dicho sistema, y estudiar esa armonía principial que es donde reside todo el saber del hombre, para observar qué es natural. Así, cuando se ha eliminado todo lo que no es en sí mismo, es decir, lo relativo; el rescoldo que queda es lo que tiene más intensidad de Ser, es la raíz del ser humano, es el sólido acero sobre el que, al ser verdad, podemos echar nuestras raíces. Estas cosas son pocas, y ya se han estudiado mucho en la tradición occidental: el mundo, el hombre y Dios.

Pues a lo que voy, es que si uno ha limpiado lo suficiente su mente de prejuicios que impidan la entrada de conocimientos verdaderos, puede empezar a construir sus creencias desde estos tres pilares que acabo de citar, y de modo completamente original. Pues se parte de lo más básico, lo que nos une, lo que no puede ser de otra manera (que no es susceptible de originalidad porque sino no sería natural ni humano), y se modifica al mismo tiempo a uno mismo en la medida en que puede. Dado que su raíz ya está enterrada en el sitio correcto, el tronco será todo lo original, especial, magnánimo y divino que pueda ser. A esto me refería con que todos somos iguales y cada uno distinto en la práctica: no soy completamente original en teoría pues implicaría todos los caracteres que forman una persona (ir desnudo, llevarle la contraria a toda la humanidad -y para ello conocerla-, etc. Sin embargo puedo ser todo lo original que me permite mi raíz humana, formándome cada concepto y cada idea desde su principal átomo (los pilares ontológicos tradicionales) a mi manera. Esto es, al fin y al cabo, completamente original. He creado conceptos originales, digo, poniendo en relación aquellos tres pilares, entre sí y con la vida humana y mi poca pero ya vasta experiencia intelectual y vital [Creo que todos hemos vivido mucho y suficiente para aprender a vivir, pero pocos nos paramos a reflexionar como para darnos cuenta de lo mucho que ha pasado ante nuestros ojos sin que hayamos reparado en ello ni extraídole un usufructo intelectual]. A modo de ejemplo, en estos próximos meses, años o vidas, escribiré con mayor o menor frecuencia sobre mi -un tanto especial e intrincado concepto de Dios-. Quizás finalmente le dedique un simple artículo, pero será sólo ]porque aunque escriba cientos de ellos, hay una parcela de la idea que, quizás porque pertenece a la fé, quizás porque me queda algún irreductible prejuicio galo resistiendo todavía y siempre al invasor, resulta que no lo puedo explicar. Llega un momento en que, como dice Nach;

Calla la razón,
cuando habla la verdad.

A modo de postdata, he de añadir un pensamiento que me surge siempre que una conversación que he tenido degenera en un post para el blog. Me llaman la atención al principio unas palabras, entabladas normalmente con uno de aquellos que me acompañan en mi paseo por la existencia terrenal, por un hecho que no alcanzo a descifrar. Este hecho es que tiene algo de verdadero que se puede descubrir con concienzudas reflexión y escritura. Gracias, Isa, por hacerme caer en el error. Lo que comenzó siendo una tertulia sobre la originalidad me ha hecho ver más allá y definir (bueno, más bien delimitar un poco más) mi concepción de verdad, de Dios y además esta noche dormiré como un bebé.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La historia desde el presente.

Somos la generación de la libertad, de la paz, de las Blackberrys y la felicidad egoísta. Somos la generación Ni - Ni, porque nuestros antepasados lucharon tanto por un mundo libre, que no sabemos porqué trabajar, ni sabemos porqué estudiar. El existencialismo te deja a la deriva, como soñé en mi Dialéctica con Adán*.

El problema es sencillo. Las anteriores generaciones partieron de una sociedad estamental y opaca, oprimidos por una política fascista, racista, esclavista. Hubo guerras, en las que nuestros antepasados murieron, para dejarnos a nosotros, a nuestra generación, un mundo libre, un mundo mejor. Sacrificaron sus pésimas vidas para que nosotros tuviéramos una decente. Pero ¿acaso nos basta con esto? ¿Acaso el hombre no está hecho sino para luchar por un mundo mejor? Aún tenemos problemas, sólo han cambiado de nombre, y hay más gente que antes, lo que crea cortinas de humo, y hace que las estadísticas sean completamente maleables. Podría hacer un estudio estadístico en África y decir que es una primera potencia mundial; tantas personas somos.

Creemos que aquello por lo que lucharon nuestros abuelos, bisabuelos y demás, era este estado de hoy día. Pensamos que esto es la culminación de la sociedad, que ya solo avanzará la tecnología y que no tenemos que exigir nada más. Pero este pensamiento sólo se mantiene bajo argumentos no ya egoístas, sino completamente solipsistas. Vemos diariamente a personas ombliguistas cuya única preocupación es su persona. "Esta es la única manera de ser feliz -pensamos-, encerrándonos en nosotros mismos". Pero no hay que ser feliz. No le toca a nuestra generación ser feliz, por mucho que los titiriteros de nuestra sociedad quieran hacérnoslo creer así. Tenemos que ver la historia desde el presente, y tenemos que obligarnos a morir espiritualmente para dejar a nuestras crías un mundo mejor. No toca aún ser felices.

Quizás parezca que podemos ser felices, pero no es así. La posibilidad física de felicidad no implica que debamos ser felices; es decir, el hecho de que haya una igualdad -solo en el primer mundo- entre todas las personas sea cual sea su religión, sexo, orientación ideológica, no significa que podamos ya ser felices. "Si no hay ningún impedimento físico para ser feliz, si nadie nos lo prohíbe, consigamos la felicidad, pues no hay medio que no valga para alcanzarla, ya que es un fin en si mismo". Este es el pensamiento que hay que eliminar. No estamos luchando por cambiar nada, y si los Altos llegan a convencernos de que podemos ser felices con las cosas tal y como están, jamás se cambiará nada. Porque los Bajos nunca cambiarán nada, y los Medios solo quieren quitarle el poder a los Altos.

No podemos ser más la generación de la Blackberry. Tenemos que ser la generación de la constante lucha por la revolución intelectual. Tenemos que tirar nuestras pantallas de plasma, tenemos que quemar nuestras TermoMix. Pisemos nuestros iPods. Nuestra religión serán los libros, nuestros Dioses serán los grandes luchadores revolucionarios -K. Marx, M. Gandhi, M. Luther King, Julian Assange-. Dejemos de entregarnos a los dioses de plástico, dejad de usar el doblepensar para autosugestionaros de que podéis ser felices. Entregaros a los verdaderos dioses, a vosotros mismos. La historia del hombre se ha hecho siempre en el presente, y se ha terminado de entender en el futuro.

La felicidad, y esto es algo que vuestra misma experiencia os demostrará, no es algo para cuya consecución valga cualquier medio. Hay felicidades y felicidades, algunas engañosas, otras traicioneras, las hay a través del amor y del odio, casi siempre efímeras. Pero siempre es insaciable, como el hombre mismo. Ahora examinemos nuestras conciencias: ¿alguien es feliz? Hipócrita. ¿Alguien se cree feliz? Ignorante. ¿Alguien quiere ser feliz? Iluso. En la misma definición volitiva del hombre está la solución a este problema: no nos dejemos saciar por cualquier atisbo de felicidad. Busquemos lo absoluto, aunque esto no exista, porque es lo único que hace al hombre tender en una dirección correcta. Busquemos la infinita, imperecedera y culminante felicidad, aunque ya conocemos su inexistencia, porque es la única manera de vivir decentemente. Una vida conformista es conformarse con lo que no hay. Por esto acabaremos todos locos.

lunes, 9 de mayo de 2011

Dialéctica con Adán.

Nos dieron la posibilidad de vivir ajenos a lo importante y trascendental, lo teleológico, ajenos al destino, a Dios, e incluso a uno mismo. Pero no podemos hacerlo. Nuestra generación es débil y relativa, y más se pudre conforme nos alejamos del pecado original, de esa encarnación de la vida, un sentimiento real, un pensamiento verdadero, inalcanzable desde nuestro insulso y neutralizado cerebro.
Nos dieron a elegir entre la verdad y la felicidad, entra bondad y maldad. Pero nunca escogimos solamente uno, porque ambos parecían razonables, porque se complementaban. ¿Qué es la felicidad sin haber sufrido la taciturnidad? ¿Qué es Dios, sin la nada, sin el vacío de sentido y la adolescente pérdida del horizonte vital? ¿Qué es un ateo sin un creyente? Normalidad, animalidad, sinrazón. Sin el pequeño atisbo racional intermitente dosificado diariamente, eso es lo que seríamos; Nada.
Cabe preguntarse, si pudiéramos pedirle explicaciones a Adán, si hoy día pudiéramos plantearle estas "evolucionadas" ideas, cuál sería su reacción. Esto lo voy a dejar a la imaginación del lector, pero me nombro portavoz de esta nuestra incomprendida generación.

Adán: Pero ¿quién nos dio a elegir entre los opuestos? Es absurdo... ¿quién tuvo la perversidad de obligarnos a escoger entre cosas que no sabíamos lo que eran? ¿Quién?
- Los tejedores del destino.
- ¡¿Hay más de un Dios?!
- Nosotros somos nuestros dioses.

Con la decadencia de la tradición y la moral cristianas, Dios ha bajado a la Tierra. En mi opinión eso no le quita su valor. Dios es ahora más divino que nunca, es igual de eterno y omnipotente, solo que ahora vemos que, lo que miles de motivados creyentes han visto en el cielo, en realidad se halla delante de nuestras narices. El Dios terrenal no tiene ventaja de plausibilidad respecto del otro: antes no podíamos discernir si Dios existía en el Cielo o sólo en nuestras cabezas. Hoy día la disyuntiva es, si todo lo mágico, etéreo, eterno, intangible, en resumidas cuentas trascendental, existe en sí, o bien son meras conexiones neuronales. En la medida en que nos trasciende, está a mi juicio no sólo en nuestros cerebros, también fuera. Creo en el holismo divino: el conjunto de creencias en lo intangible es irreductible a las creencias individuales: Dios es igual de grande creamos en él o no, porque es verdad, y la verdad es tal cuando no importa que creamos en ella, y sigue en pie. Dios es esa preciosidad de la Vida, y también su peor lado. Pero nos trasciende a todos y así ha sido, así será. Sigue habiendo cosas que no sabemos explicar, y siempre será así. Pero no deja de tener valor cultivar la razón, ese magnífico e inigualable instrumento en el que reposa nuestra capacidad de sobrevivir, como lo hace el vuelo en las aves o el veneno en las arañas.

domingo, 1 de mayo de 2011

Del miedo a abrirse a los demás.

Tenemos ese miedo a mostrar nuestra faceta más amada, nuestra interioridad, nuestro infierno, para mantener su condición de admirable e intransmisible, incomunicable. Este pánico a mostrarse uno tal como es sucede por miedo a que tus pensamientos y reflexiones más profundas queden en nada al convertirse en meras palabras a oídos de los demás. Es un temor a que alguien nos refute, a que no piense como nosotros, y nos veamos bloqueados por un inmenso dolor espiritual. Las facetas que más amo de mí mismo, mis soliloquios frente al espejo, mis pensamientos mientras contemplo los paisajes más honoríficos de Málaga, mi dialéctica con la luna llena; son algo que considero incomunicable por el simple espanto a que sea rechazado por otro punto de vista.

En los momentos de expresión de mis arcadas intelectuales, soy yo, y solo yo. Pero yo nunca soy yo. Sólo aquí, en forma de seudónimo gatuno.

Por eso no hago publicidad de mi blog. No quiero seguidores, dije al principio. Aunque se ha truncado satisfactorio, mantengo al menos el blog en el mayor anonimato posible, a menos que conozca a una mente abierta y alienada que comprenda cada pequeña subliminalidad de mi infierno interior, en su totalidad.

Prefiero perderme en la inutilidad, en la vaciedad del pensamiento de cómo sería mostrar esta faceta hacia los demás, antes que cometer el suicidio de ser yo mismo. Yo soy yo, cuando soy yo, no cuando tú me ves. Y no soy yo contigo, porque entonces no soy yo. Y por miedo a que veas mi yo interior como una extensión de lo que ya conoces de mí. Quizás algún día conozca a la persona más adecuada. Les ruego disculpen mi pedante egoísmo, pero este es mi blog, mi infierno. No una ONG.


martes, 26 de abril de 2011

Sucesivas demostraciones empíricas de que Dios me odia.

Esta historia está llena de controversias, suspense y claustrofobias. Es el relato del acontecimiento histórico bautizado con el “3-D”. Es sólo un punto de vista más, de entre los miles de afectados por la huelga de controladores aéreos en España, añadiendo la tragedia posterior ocasionada indirectamente en Faro, o povo surrealista (Faro, el pueblo surrealista) en Portugal.

Todo empezó una tarde de domingo, después de un partido de fútbol; surgió la propuesta de ir a un concierto de Ben Harper en Londres, Reino Unido, completamente improvisada, y acepté. También les pareció buena idea a Nathalie, Leandro, Beatriz, Antonio y Pablo, aunque este último no fue por motivos económicos. El concierto fue el viernes 3 de diciembre, pero no estábamos ahí.

El primer incidente ocurrió al coger el tren del aeropuerto de Gatwick al centro de Londres; un trayecto de una hora se alargó a dos horas y cuarto, debido al pésimo estado de las vías causado por la intensa nevada que afectaba a la capital. No se veía una nevada así en diciembre desde hacía 45 años. Cuando conseguimos llegar a Londres, el meteo – sat no nos acompañaba; acostumbrados al clima de Málaga, cinco chavales con maletas, poco abrigo y tales condiciones espacio-temporales, tenían todas las de perder, véase: 3 grados bajo cero, nevando (sí, nevando, guau); charcos helados repartidos arbitrariamente por la ciudad, pero inexorablemente deslizados bajo nuestros pasos -te despistabas un momento y metías hasta la rodilla-; y así, con los dedos morados y sangre en la nariz por el cambio brusco de temperatura, teníamos que encontrar el lugar donde se encontraban las llaves del cada vez más idílico apartamento. Tras media hora en su busca, nos rendimos y cogimos un taxi, un exceso que luego pagaríamos caro. Andar de una punta a otra de Londres y luego volver al apartamento, al lado de la estación de tren, en estas condiciones, fue una tarea memorable, recompensada por la excesiva calefacción de nuestro pequeño hogar.

Durante los días más fríos del año, recorrimos los lugares más turísticos de Londres, eso sí, siempre con una nieve puntiaguda, cortante, malintencionada, que nos impidió, en ocasiones, abrir los ojos para poder maravillarnos con los monumentos. Esta misma nieve canceló el concierto de Ben Harper, el principal, si no el único motivo de nuestro viaje.

Pasemos a la parte cómica y controvertida del relato. Durante los días que pasamos en la ciudad, nos enterábamos de noticias a medias (nuestro nivel de inglés es precario) sobre el tráfico aéreo entre Londres y Sevilla, nuestro viaje de vuelta previsto, en un principio, para el sábado 4 de diciembre a las 14:55 con Ryanair. Estas noticias fueron, desde un principio, que las nevadas en Londres impidieron el tráfico aéreo durante los días que pasamos visitando iglesias y más monumentos a gente muerta. La otra noticia, la noticia, fue que en España los controladores aéreos decidieron hacer una huelga, porque un Real Decreto – Ley les iba a aumentar el horario laboral, y claro, la reacción más lógica es cancelar 2.500 vuelos. Hijos de la gran puta, cinco palabras que se me vinieron instantáneamente a la cabeza cuando escuché la noticia de los labios de Antonio.

La diferencia entre sus quejas y las de cualquier otro sector laboral no es más que el poder; los controladores tienen una gran responsabilidad, y si no van a trabajar, hacen más ruido. En mi opinión, por tener el derecho a huelga y una repercusión mayor con la misma, no deberían ejercerlo, precisamente por este desencadenamiento. Todos los trabajadores tienen el mismo derecho, pero se les ignora cuando hacen huelga porque no ocurre nada, no tienen influencia ni poder sobre las masas, no afecta igual a las personas.

En fin, de momento seguimos en el aeropuerto con la cara de póquer, porque vimos lo siguiente:

“SEVILLA RYR5252 14:55 CANCELLED”

Y nada, a esperar, a reclamar, a pelearse en inglés (algo que, por cierto, mejora tus facultades en el idioma); queremos nuestro vuelo, pero nos dicen que hoy no salimos del aeropuerto, aunque se acabe la huelga de controladores. Todos lloran, Dios, cómo lloran, como si tuviesen algo importante que hacer en España. Yo no me preocupo porque mi tiempo dejó de tener valor hace ya unos años, pero esa es otra historia, y será contada en otra ocasión. Bien, pues pongámonos a buscar vuelos, porque cuando empiecen a salir vuelos a España van a salir primero los afectados por las fuertes nevadas y luego los afectados por la huelga. No se puede cambiar el destino, inexorable como el de la vida misma, sólo podemos cambiar la fecha; de sábado a jueves; seis noches y siete días viviendo en el aeropuerto.

La huelga se ha acabado; busquemos vuelos: las compañías se aprovechan de la situación y los precios de los vuelos a España se incrementan exponencialmente; mientras busco en mi portátil, los demás intentan buscar otra solución. 40 € por persona, no está mal... Comprar! Oh, vaya, la página ha caducado, bueno, otra vez... Oh, ha subido a 75 €, cambiemos de buscador de vuelos: Rumbo.es, de Londres a Sevilla, sigue siendo caro. Pues vayamos a París y cogemos un tren a Sevilla. No, es mucho camino... Vamos a Portugal, que salen antes, claro, pues a España están saliendo los prioritarios que fueron afectados por el temporal, y no queremos estar hasta el jueves aquí. Vuelo Londres – Faro, “Estamos buscando el vuelo más barato entre más de 30 compañías aéreas, gracias por su espera” decía la página. Qué amables son. 6.000 € un jodido vuelo para cinco personas a Faro, que Dios baje y vea esto porque no sabía si descojonarme o dejarme caer en el suelo repleto de convulsiones. Pero sube Nathalie, Dios bendiga América, con buenas noticias, nos han cambiado el vuelo a Faro gratis, y sólo tenemos que esperar de sábado a Lunes, aunque fuese un cambio de destino que cinco minutos antes nos dijeran que era ilegal, pero poco me importa después de ver tantos ceros en Rumbo. Al fin suben con el “billete”; era un número de reserva apuntado a bolígrafo Bic por el reverso de uno de nuestros billetes del vuelo cancelado a Sevilla. La madre que parió a Ryanair, pensé que nos estaban tomando el pelo.

Durante nuestra estancia en Gatwick, conocimos a unos salmantinos que llegaron a estar ocho días en el aeropuerto, les pilló el problema del clima y el de la huelga. El karma se equivoca siempre de país (que sí, que lo dice Nach Scratch).

Una vez resuelta nuestra lucha contra el destino, nos aventuramos en el avión a Faro. Faro, en Portugal, un pequeño pueblo en el que nos aguardaban miles de extrañas aventuras. Tras lo ocurrido en aquel grisáceo y decadente pueblo de pescadores, llegué a la tesis de que el pueblo entero representaba una entramada y estúpida obra de teatro cuidada al detalle, donde nosotros éramos los protagonistas de un reality show típico de Telecirco, seguramente un plan del gobierno para aumentar el turismo bizarro. Pero no fue así. Fue real, y no los supimos hasta que, llegando a Sevilla, sucedió que no se nos informó de cámara oculta alguna.

Nada más aterrizar el avión en Faro desde Londres, cogimos el primer autobús del aeropuerto hasta el centro, donde se hallaba la estación de autobuses para salir a Sevilla. Y justo al llegar, la estación de autobuses está cerrando. Los autobuses siguen saliendo, pero no se pueden comprar más billetes hasta el día siguiente por la mañana. Conocimos entonces ya formalmente a un estrafalario y extraviado turista español que, como nosotros, fue arrastrado hasta Faro por las garras de Ryanair. Éste nos hizo compañía y puede verificar nuestra inverosímil historia.

Aquí empieza lo bueno. Como desesperados guiris, nos preocupamos cada vez menos por nuestro poder adquisitivo, y cada vez más por llegar vivos a España. Un taxista nos ofrece llevarnos hasta huelva por 75€, pero desaparece mientras decidimos en grupo, y entonces apareció Él. El taxista número veinticinco, posiblemente Satanás en persona, la encarnación del Mal, el vicio y la desdicha de la naturaleza humana personificada en un taxista medio ebrio, de piel oscura, ojos callejeros y barriga cervecera. No la barriguita cervecera española, que a veces tiene hasta su gracia, sino una barriga maligna y enfermiza, impura, amorfa, desdichada. Nuestro primer encuentro con el taxista número veinticinco fue breve pero intenso: nos dice que nos lleva a Huelva por 120 €, y que es el precio que todos los taxistas nos cobrarían. Claro que, por aquel entonces, ignorábamos que Él era el único taxista de Faro que conoceríamos. Se le notó un tono chulesco mientras, con su vomitivo aliento alcohólico, le contaba a un portugués cómo nos estaba tomando el pelo a nosotros, los guiris. Por suerte Leandro sabía algo de Portugués y le dimos la espalda. Parecía que si nos subíamos en aquel taxi, perderíamos con absoluta seguridad la vida.

De modo que nos acercamos a un hotel a tres manzanas, y le pedimos que llamara a la oficina de Taxis para pedirnos otro. Le pedimos, le rogamos al recepcionista que por favor no viniera el Taxi número veinticinco, que le eximiera de su tarea. Pero claro, como entonces resulta que Dios nos odiaba a muerte, pues envió al Diablo en persona a la puerta del hotel. Allí estaba, en la entrada, con el maletero abierto, y bastante mala hostia porque le esquivamos en la parada de Taxis donde nos ofreció sus servicios de chófer / secuestrador de extranjeros. Resulta, pues, que nos asustamos, porque no queríamos ir con él, pero habíamos pedido un Taxi, y optamos por decirle que no íbamos a cogerlo. No sabíamos que nos estábamos metiendo en aguas pantanosas. Nos exigió nada, diez euros, por hacerle venir desde la paralela con el taxi hasta la puerta del hotel y montar el numerito de abrir el maletero y exigirnos entrar, como si fuera un policía metiendo a unos vulgares criminales esposados en el coche patrulla. Al decirle que los diez euros los iba a pagar Peter McDowell, obviamente no con esas palabras, sus facciones mostraban su irritación, su furia contenida. Es una curiosa situación: una persona que en otras circunstancias podría no habernos caído tan mal, pero se creía que le estábamos vacilando o esquivando, mientras nosotros creíamos que él formaba parte de una red de taxistas secuestradores que tenía por afición ponerle los cojones de corbata a los turistas. Nos daba mal rollo, simplemente. Es de esas personas a las que no dejarías nada a su cargo si te pudiera llegar a afectar. Si nos imaginamos el pasado del taxista número veinticinco, vislumbramos un padre alcohólico, una madre obesa enganchada a Sálvame Deluxe, una infancia de abusos y palizas, drogadicción adolescente, y una pelea que acabó yéndose de las manos del taxista, asesinando al que fue su único amigo por el que merecía la pena vivir. El trauma que le provocó la vida no le dejó hueco en su conciencia para nada salvo un trabajo fácil, rutinario, pesado, y que sea tan automático y sencillo que se pueda llevar a cabo estando ebrio.

Volviendo a la historia, resulta que no hay más medios de transporte para salir de Faro, una vez eliminados los autobuses y los taxis. De modo que la solución, a la cual llegamos cerca de las cuatro de la madrugada, era esperar a que abriera la estación de autobuses al día siguiente. Pero necesitamos los billetes con un mínimo de dos horas de antelación a la partida del autobús, para poder subirnos al mismo. Y la estación abría a las 9, mientras que el autobús salía a las 10. De modo que a las cuatro y cuarto de la mañana, con una llovizna fina e intermitente, resguardados bajo un toldo agujereado cercano al McDonalds del cual aprovechamos el Wi – fi, y asfixiados por la escasísima batería del portátil, comprábamos por internet los billetes para cinco personas. De Faro a Sevilla por 18 € cada uno, algo más caro que el taxi, pero al menos con la seguridad de llegar sanos y salvos a nuestra patria. Introdujimos, en los 10 minutos restantes de batería del portátil, los datos completos de seis personas junto con mi cuenta bancaria y mi e-mail, todo escrupulosamente organizado para coger el primer autobús de la mañana. Tras aparecer durante una milésima de segundo un cartel con el letrero “Sus billetes han sido enviados a *****@trollmail.com”, la batería del portátil cayó; no obstante, cayó con la gracia y el orgullo de un héroe con el trabajo bien hecho.

Entré a un hotel para imprimir los billetes desde mi correo electrónico, ofreciendo una modesta pero justa propina por el uso de su equipo informático. El recepcionista aceptó, aunque no de buena gana, y yo, apartando disimuladamente la vista de la página erótica que tenía abierta en el Mozilla, abrí una pestaña y llegué hasta mi bandeja de entrada. Le dí al botón de imprimir, con la sencilla esperanza de que algo saliera bien en aquel pueblo surrealista. Iluso de mí. “The printer doesn't work”, me dijo el amable (en comparación con lo visto) recepcionista. Quince minutos después, me dirigía al lapicero donde estaba el cúter para cortarme las venas, cuando la impresora hizo un ruido extraño y acto seguido inició la impresión. Dios me ama, pensé. Iluso de mí. Los ama a todos menos a mí, porque la muy bastarda ha imprimido todos los billetes menos el mío. Tras otros quince minutos de espera, donde transcurrió el mismo proceso de ilusión, decepción, desesperación y pensamientos suicidas, imprimió de nuevo todos los billetes, pero esta vez estaban todos. Por lo visto mis compañeros de viaje interpretaban mis caras desde la puerta del hotel, y no sacarían buenas conclusiones al principio, pero mi cara triunfal a la vuelta era unívoca: volvemos a España. Iluso de mí...

Como era ya tarde, y nuestro autobús salía en pocas horas, no nos rentaba dormir en un albergue, y nos tumbamos en un portal frío y oscuro, donde pasamos lo poco que quedaba de noche. Creo que fui el único que pegué ojo. Sin embargo, los planes de Dios no habían terminado aquí.

A la mañana siguiente, salimos del portal con el dolor de cabeza típico de no haber dormido nada en toda la noche, y el clásico ceño fruncido correspondiente al pensamiento de “estoy hecho una mierda, esto no es natural, mi cerebro no puede aceptar dos amaneceres seguidos sin descanso de la consciencia”, etc. Pues vamos a la estación de autobuses, esta vez abierta, y en la oficina nos dicen que los billetes que hemos comprado no corresponden a ningún autobús: ningún autobús sale a esa hora. Lo aceptamos resignadamente, pues estábamos hechos a la idea de morir en aquel pueblo. Pero ya hemos pillado la lógica de los timos: “hoja de quejas y reclamaciones”, exigió Antonio. La frase perfecta para que de repente, el autobús existiera; también los billetes funcionaban ahora. Pero a diferencia de nosotros, el Diablo nunca duerme, y por la noche había trazado el siguiente movimiento de las fuerzas del mal. Sí, tenemos billetes, pero no para el autobús Alsa de las diez, sino para el de marca blanca que sale a las 15.30, en una parada ajena a la estación de autobuses. Y eso no es todo...

Causalidades del destino, el taxista número veinticinco decidió aparecer en la puerta de la estación, mirándonos con cara de no haber pegado ojo en toda la noche mientras se le pasaban por la cabeza nuestras caras, una detrás de otra, para no olvidarnos jamás y jurarse a sí mismo venganza eterna. Pasé a su lado lo más rápido posible mirándole con el rabillo del ojo. Decide que es una buena idea escupir a mis pies. Hizo lo propio cuando pasaron por delante el resto de mis compañeros. Antonio, cuya paciencia se desborda tan pronto como la vejiga de mi abuela, le hizo un calvo al taxista, y su reacción de adulto maduro y responsable fue perseguirle dentro de la estación de autobuses y propinarle un buen guantazo con la mano abierta en la jeta. Delante de todos los policías, conductores de autobuses, transeúntes y gerentes de las compañías de viajes que se encontraban en la estación. El taxista se dio a la fuga. Tras una enmarañada explicación a un policía ciclista de lo ocurrido, nos miró con cara de decepción cuando le confesamos no saber el nombre del taxista número veinticinco. Lo sentimos, agente, por no haberle preguntado el nombre a un asesino en potencia. La verdad, no veíamos el momento. Quizás deberíamos habérselo preguntado cuando se estaba defecando en nuestros familiares la noche anterior, al negarle los diez euros que no se merecía. A lo mejor, el momento idóneo para saber su nombre fue cuando, a la mañana siguiente, murmuraba insultos sucios y malintencionados entre dientes, escupiendo el suelo por el que pisábamos. De hecho, agente, ojalá lea esto por alguna casualidad del destino, y se dé cuenta de cómo se ve la justicia desde el lado injusto. Si el nombre es algo tan indispensable para atrapar a una persona que ha estado expuesta a las cámaras de seguridad de la estación y del hotel más cercano durante las últimas veinticuatro horas, cuyo número de taxi conocemos y me temo que jamás olvidaremos, pues entonces será culpa nuestra.

Mientras tanto, los tejedores del destino tenían planes para Bea y Nathalie, el grupo femenino de nuestra piña: dos niñatos portugueses las piropeaban de forma grosera y sucia, algo que sentó mal a Antonio, el novio de Bea, quien les mandó callar con un gesto. Parece que Antonio no ha aprendido que la reacción portuguesa ante cualquier falta de respeto consiste en una agresión física. Esta vez, los niñatos tiraron una taza de café (yo tampoco sé de dónde la sacaron) en dirección a las niñas, y le cayó a Nathalie en la espalda. Luego, los graciosos de turno salieron por piernas.

Bueno, pues acudimos a la estación de policía, por lo del taxista, ya que el policía ciclista era demasiado inútil de la vida, y el jefe de policía, la primera persona hispano – parlante que conocimos en Faro, nos hizo olvidar nuestros problemas con una retórica infalible:

- Podéis denunciar, pero si él denuncia por la falta de respeto -sí, se refería al inocente calvo de Antonio- tendrás que venir a juicio a Portugal unas cuantas veces, cada cierto tiempo.

- Pero, ¿no vais a hacer nada? -dijo Antonio- ¿y si me lo encuentro otra vez por la calle?

- Sois más que él, podéis defenderos.

Maximum poker face. El jefe de la policía nos aconseja pegarle entre todos si nos lo encontramos. Gracias una vez más, sistema policial, por asegurar la integridad de nuestras vidas.

Cuando subimos al autobús, que, por supuesto, no era de la compañía que nos dijeron ni paraba en el lugar que nos indicaron, pero que iba a Sevilla al fin y al cabo, todavía desconfiábamos de lo que pudiera pasar. Intentábamos pensar en lo peor que podría pasar, pero nuestra mente, adormecida por el cansancio, el surrealismo, y la lánguida y malsonante lengua portuguesa, quería descansar. Me desperté en la estación de autobuses de Sevilla, y por fin pude reírme de lo acontecido. Mirando al techo del autobús, aunque mi intención era dirigirme a Dios, murmuré: ¿Te aburres ahí arriba?


- THE MOTHERFUCKING END -