sábado, 12 de febrero de 2011

De pequeños no éramos felices, sino estúpidos.

No me refiero a que fuésemos felices por nuestra ignorancia, sino a que éramos estúpidos y sólamente estúpidos. Pues una vez que hemos crecido y usamos correctamente nuestro razonamiento, nos damos cuenta de dos cosas:
Primero que, en la mayoría de los seres humanos al menos, se da un progreso en cuanto a lo que intelectualmente se refiere. Tienden a madurar y aumenta su astucia, su responsabilidad y mejoran su habilidad de utilizar el pensamiento. Todo ello acompañado o implicando a un aumento, y este es el progreso más claro y perceptible, de la conciencia sobre el mundo y ellos mismos.
Por otro lado, la felicidad se persigue, no se consigue; y cuando se tiene no se es consciente permanentemente de ella, pues apenas dura unos pocos momentos. Digo esto en cuanto que sólo nos damos cuenta de lo felices que hemos sido cuando el momento de felicidad ya ha pasado; así ocurrió con nuestra infancia, y así ocurre en toda nuestra vida.
En conclusión, la felicidad no es felicidad, sino inconsciencia del mundo y las cosas, de la vida; en esencia, inconscientes. En este sentido fuimos estúpidos de niños, en cuanto que fuimos inconscientes, lo que hoy en día se entiende, erróneamente a mi juicio, por "felices".

Por otra parte he de señalar que, aunque otras personas se hayan dado cuenta, reflexionando, de que un modo de creer ser "feliz" es la inconsciencia, hay algo que empuja al ser humano a seguir siendo consciente, a no idiotizarse. Quizás por el miedo a ser menospreciado en la sociedad al vivir inconscientemente, o puede que sea que el destino del hombre no es ser feliz. Quizás es por el sueño ideal del
hombre, de ser feliz y consciente a la vez, que tanto hemos luchado por él que ya no queremos deshacernos de todo el camino andado y volvernos instantáneamente inconscientes, por orgullo de lo que hemos realizado buscando ser felices. En todo caso, son solo juicios, pensamientos, reflexiones que solo tenemos por culpa de nuestra consciencia. Si no la tuviéramos, y no la tuviéramos nunca, simplemente seríamos lo que hoy llaman "felices", y no nos preguntaríamos siquiera la causa de nuestra "felicidad".

A lo que he de añadir; siendo yo consciente, ¿puedo establecer un juicio sobre que la felicidad está en la inconsciencia? No, pero tampoco puedo, siendo inconsciente, establecer juicio alguno, por lo que estoy seguro de que siendo consciente y racional como en este momento, estoy pensando verdaderamente y, si no verdaderamente, al menos, estoy pensando, que es más de lo que podría hacer en mi inconsciencia.

Además he de decir que, si en algún momento algún adulto consciente ha llegado a creer que habia alcanzado la felicidad (por el medio de, por ejemplo: crear un vínculo familiar, criar a los hijos, tener un trabajo estable y tener tiempo para la reflexión y los disfrutes personales), no es porque sean estúpidos o inconscientes, sino por que no son "felices" de verdad. En primer lugar porque, como he explicado, no son inconscientes; por otra parte, porque estoy terriblemente seguro de que no es una "felicidad" como la que experimentaron de niños. Es una especie de alegría, normalmente intermitente, causada por la realización personal y espiritual, o al menos esto es en el ejemplo que he explicado. Y en este ejemplo, esto es lo más parecido a ser "feliz". Y ejemplos aparte, esta pseudo-felicidad es lo más parecido a la Eudaimonia griega, la alegría, el placer. De jápines.

jueves, 10 de febrero de 2011

Reflexiones sobre la guerra. El anarco-fachismo.

Quizás es sólo porque el ser humano quiere lo que no puede tener, pero quiero una guerra.

Una generación que no ha vivido una guerra, no valorará la democracia. Por eso nuestra generación está tan cabreada, es tan quejica y violenta. Necesitamos desfogar. Necesitamos un vacio legal para hacer lo que está prohibido, o lo que se considera malo.
Necesitamos hacer algo inhumano, para sentirnos humanos. Creemos que no tenemos límites, pero sólamente porque nadie nos lo ha establecido (¿leyes? ¿qué leyes? ¿hay alguien legal en el mundo, o es solo un ideal?); todos son mimos de nuestros padres, para que no suframos como ellos...
Antes se vivía más y mejor. No tenemos la sensación de gloria y de victoria de nuestros padres al ganar una guerra, ni el hundimiento en la humildad al perderla; no hemos tenido que luchar por un plato en la mesa para aprender a valorarlo.
Además a nuestro país en concreto le falta unidad; la única vez que se observa a España unida es en los mundiales de fútbol, y tampoco del todo. ¿Veis la energía que tienen los estadounidenses? ¿Está equiparada a su patriotismo, porque son un estado, y consideran al país como una causa para la lucha en la vida o en la guerra? ¿Es por eso que aquí somos tan vagos y poco trabajadores, porque no tenemos una causa por la que luchar? Desde este punto de vista se favorece el argumento, creo yo, del patriotismo y el desprecio que tienen los fachas hacia los rojos, considerando a éstos como pueblo pseudo-obrero, vagos, perezosos...
Estoy trabajando en un argumento que defienda la necesidad del "derechismo" en España, pues es evidente que hace falta mano dura. Y nada para unir más a un país que la crisis, para hacer renacer el ansia de imperialismo, y que sea imperialismo económico.
Siempre me consideré un anti-sistema, pero no puedo negar que como filosofía de vida, el pensamiento obrero deja mucho que desear, pues acabaremos todos siendo hombres-masa, como decía ciertamente Ortega. El "fachismo" te da una razón para vivir la vida en su plenitud, para alcanzar la cima, ser el mejor, ser recordado... y el "obrerismo" te deja en la mediocridad. El primero piensa en dejar atrás la escoria y plantar la bandera de tu patria en lo alto de la mierda que rodea constantemente al español medio. Pero el segundo no piensa en subir a la cima, sino hacer bajar a los que tanto han luchado por llegar hasta ella. Por supuesto, no pasaré al extremo de apoyar la tradición o el conservadurismo; estos son derivaciones políticas extremas que caben en mi pensamiento pero que no estoy dispuesto a compartir. Creo en un sistema rotativo, que todos saboreemos esa gran victoria sobre el mundo, que nadie muera desconocido.

Creo que, si no hay más guerras en el mundo, habrá que crearlas, o acabaremos todos locos.

jueves, 27 de enero de 2011

La tesis de la contradicción.

El ser humano es parte racional, parte irracional, y por tanto, y en suma, contradictorio. Necesitamos lo absurdo para vivir. Cuanto menos podemos poseer algo, más lo ansiamos. El primer ejemplo real que se me ocurre es la debilidad de la voluntad; este fenómeno consiste en que tenemos más razones para hacer X que para hacer Y, pero al final hacemos Y. Porque la carne es débil, como dice el evangelio. A parte de esto, os dejo a vosotros, juiciosos lectores, que observéis en el día a día los eventos de tal absurdo que encontráis en vuestra vida, y comprenderéis lo que digo. Todo aquel momento en el que influya algo más que lo meramente físico, pues este campo es predecible y lógico, tendrá algo de contradictorio en su conjunto, y si ahondáis en el tema, encontraréis algo de ilógico también en sus pequeñas partes.

Tenemos una relación de amor - odio con el cosmos; con las personas se explicita en mayor medida, pero también con las cosas, con los Dioses (los veneramos y luego cuando nos fallan los maldecimos) e incluso con nosotros mismos. Pero no todo es amor y odio, aunque sí en gran medida, pues el éstos mueven el mundo como todo lo demás que es discordante en esta vida.

Entonces, desde un punto de vista antropocéntrico; una ontología correcta ha de ser contradictoria. Un pequeño paréntesis: para justificar este paso de la antropología a la cosmología, me baso en una frase heraclítea. Heráclito reprocha al poeta que dijo: «¡Ojalá se extinguiera la discordia de entre los dioses y los hombres!", pues no habría armonía si no hubiese agudo y grave, ni animales si no hubiera hembra y macho, que están en oposición mutua.
Pues igual que a un pueblo vago y tramposo, que trabaja en economías sumergidas mientras cobra el subsidio de desempleo, le corresponde un gobierno corrupto; a una vida contradictoria le corresponde una idea del cosmos contradictoria, en contenido y en forma.
El problema de la filosofía era querer acoger la realidad caótica con una razón lógica: a partir de Hegel, podemos decir que ya no tiene ese handicap. Hegel es el todo complejo explicado desde la unidad más simple, una teoría universal de todos los modos de teorías filosóficas: ya el hombre, ya el mundo, ya Dios; todo se reduce a la tesis, la antítesis y la síntesis.

Dejando a un lado mi erección hegeliana, volvamos a la tesis: es por esto es por lo que nos planteamos tantas preguntas sin respuesta. Por esto es por lo que odiamos y amamos, reímos y lloramos; es la tesis heraclítea: si no hay contradicción, si no hay tensión de opuestos, entonces no hay energía, no hay altibajos. Y no conocemos otra vida que la de contrastes, aquella en la que la felicidad es el Bien Supremo porque es aparentemente inalcanzable, en la que el amor platónico es tal sólo cuando no existe como tal. En el fondo no queremos calma y disfrute, no es ésta la verdadera felicidad. Queremos depurar el alma mediante la tristeza, y que llegue la felicidad como una venida de Dios, una revelación divina que nos llene del placer espiritual verdadero: entender la verdad de lo lógico, sentir el amor de lo irracional, tras encontrarnos perdidos en el entendimiento y solitarios en nuestro corazón.

Y entonces, ¿qué nos queda por hacer en esta vida, si nada se puede hacer correctamente, es decir, de acuerdo con el cosmos contradictorio? Nos queda plantearnos estas grandes preguntas absurdas, llamadas planteamientos filosóficos, nos queda comprender la escasa lógica que hay en esta vida, pero también nos queda comprender lo irracional, no con la razón obviamente, sino con el corazón. Que no es tanto entender o comprender, entonces, sino sentir, amar y odiar. La actitud hacia la vida incoherente y disparatada no es otra que comprender el gran universo y experimentar los secretos paradójicos, es decir, las pasiones que esconde éste.

Igual que en el mundo hay res extensa que funciona con igual lógica que nuestra res extensa, el cuerpo; en el mundo hay res "sentiente", hay algo inmaterial, inmensurable por ciencia alguna, que funcionará, seguramente, como funcionan las pasiones en nuestro alma. La armonía contiene al caos, pues, si no, no sería armonía, quedando el caos fuera de ella: ha de contener todos los elementos y todos han de encajar. Heráclito lo decía ya: la tensión de opuestos mantiene el orden armonioso; el orden y el caos han de encajar como el amor y el odio, como el ying y el yang.

Además, esta contradicción es necesaria en la vida, igual que en la naturaleza. Necesitamos contrarios en nuestra vida, para alternarlos y diferenciarlos, para sufrirlos y luego disfrutarlos. Aunque sepa que la diversión es mejor que el trabajo, valoraré más mi tiempo de ocio si tengo tiempo de deberes. Y esta sociedad nace con derechos, tantos que eclipsan los deberes. Esta será seguramente una de las causas de nuestra infelicidad: no cumplimos nuestros deberes, nos rebajamos a recibir subvenciones y no trabajamos. Buscamos el constante e intenso placer, pero si nunca hemos sentido el constante e intenso dolor... no podremos disfrutar lo placentero en su plenitud. Si no satisfacemos nuestra dimensión práctica, además de perder pequeños momentos de placer que son exclusivos del deber, del trabajar, no podremos satisfacer la hedonista. Estos son los medios para el fin de la vida: ir rellenando lo más equitativamente posible las dimensiones del ser humano, para alcanzar, primero y en vida, las pequeñas dosis de felicidad que proporcionan éstos medios, y en el momento de la muerte práctica del hombre, la gran felicidad de haberlo hecho todo en la vida. Pero no es simplemente la felicidad, sino la felicidad con tristeza. No es una felicidad constante la que se puede hallar en vida, pues en vida somos aún caóticos, somos aún armoniosos con el cosmos. Quizás sólo en la muerte se alcance la eterna felicidad, pues allí no parece haber contradicción, esto es, en la nada. La nada es el vacío, por tanto, el vacío de vida y de contradicción, por tanto incognoscible por el hombre vivo y contradictorio. Así es como, partiendo del hedonismo y su relación con la dimensión práctica del hombre, a través de la tesis de la contradicción, se llega a concluir que el fin del hombre es la felicidad. Pero son infinitos los caminos para llegar a esta verdad.

Amigdalitis flemonosa

Estaba en el hospital pasando esta curiosa enfermedad la noche de Halloween, y me apetecía escribir pero no estaba inspirado. El delirio me llevó a empezar a escribir frases sueltas que se me pasaban por la mente, cuando me quedaba en blanco o no se me ocurría ninguna idea. Luego rellené los huecos entre estas palabras o frases, y así quedó:

Buscamos decir algo que... nos llene. Algo que nos ponga los pelos de punta, buscamos un equilibrio perfecto entre la poesía y la verdad. Porque lo racional es algo inmensurable, es jodidamente grande. Porque al entender una pequeña porción de la gran teoría, respiras hondo, abres tu mente, lo sientes, claro que sí, ahora más que nunca, la verdad te invade, las palabras salen solas, todo tiene sentido, y en el mismo instante en que la posees, se te escapa entre los dedos, porque es inmensa, celestial, inabarcable. Cuanto más creas que te acercas a la verdad, menos sabes. No conocerás nada nuevo, no conoces un número x de verdades, el conocimiento no funciona así; simplemente piensas, y vas dejando atrás cosas que ves pasar fugazmente ante tus ojos, las tocas, vuelves a suspirar, es mágico. Como para no volverse loco, en esta vida en la que nadie tiene lo que merece, en la que el objetivo de todo el mundo es siempre blanco o negro, a cada cual más estúpido. Personas que se creen, no sé, la verdad, ahora voy de "viva la mediocridad, somos nadie, moriremos así, pero quiero ser a la vez alguien, ser recordado, si no es por lo que hice bien, será por las enormes atrocidades que cometí, el día del juicio final estaba ocupado, estaba depre porque tengo un problema, no soy feliz, y nado, nado, nado en mi mierda hasta que me sepa a almíbar, porque es demasiado duro salir de ella y seguir adelante. Porque todo lo bello que fabriquemos en la vida no va a salir de una chistera, pero podemos amar lo bello, siempre, sólo unos pocos afortunados saben cual es la verdad. Te acabas aburriendo de todo, ningún subidón merece la pena si al final todo se equilibra de nuevo. Vuelves a la realidad, te miras al espejo, a los ojos, melancohólico, ¿quién soy?¿y ahora qué? la vida es demasiado dura para pensarla, voy a dormir, y cuando me despierte, dormiré despierto. Alabemos lo irracional, viva la relativización de todo, envidiemos al mundo, envidiemos a la gente honorable y verdadera, tanto que lleguemos a odiarla. Apedreemos la verdad, porque no podemos tenerla. Porque no aceptamos nuestras limitaciones. Crecimos con ideales y una educación que nos hizo creer que seríamos algo, alguien. Y cuando comenzamos a crecer, nos encontramos rodeados de nihilismo. Todo es mentira. Todo. No llegaremos a poseer la verdad, luego la única solución es mentir, adorar lo arracional, e interponernos en el camino de todo aquel que intente lo contrario. Busquemos la práctica por la práctica. Habladuriemos, el caso es morir habiendo dejado algo detrás. Y como no dejamos nada detrás por nosotros mismos, procreamos. Todo es egoísmo. Todo. Yo no he sido nadie, pero haré que mi hijo triunfe, y así yo triunfaré, porque yo le di la vida. Mi hijo luego, probablemente, será igual de egoísta que yo, y como fracasará, tendrá otro hijo. Porque solo los valientes mueren sin dejar rastro en la faz de la tierra. Porque la verdad no necesita hijos, no necesita vástagos, es pura, bella y racional, es ella en sí misma, flamante luz que ciega a los que no quieren verla. Solo los que se acercan más a la verdad, saben que perpetuar esta especie, que no consigue nada de lo que quiere, que nunca llega a ser feliz del todo, ni consigue saber toda la verdad, ni llega a ser perfecto, ni siquiera mediocre, es vacuo objetivo. Apenas se acordarán de mí, somos demasiada gente en esta tierra, y es un problema. Solo los más sabios dicen no serlo, ni ser perfectos, ni siquiera puedo afirmar que sea humano, y dime, ¿qué es el ser humano?


Todo, absolutamente todo lo que ves es mentira. Ladrillo a ladrillo, paso a paso, hemos construido una gran mentira: el mundo. La teoría puede ser verdadera o falsa, la práctica ha de ser buena o mala, moral o inmoral. No hay una práctica verdadera. Solo son falsedades; y por eso la gente la ama. Es tan sencillo; funciona o no... ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Me da igual; ¿son buenos los huevos?

jueves, 1 de julio de 2010

Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos.

Entré y allí estaba, con su libreta donde pensaba dibujar animales o tías desnudas mientras yo le contaba mis secretos más profundos. Gabinete de psicología Hernández. Abajo ponía "curamos su alma". Ahora resulta que se creen dioses por recetar drogas. ¿Quién necesita a un argentino para confundirte sexual y moralmente? Si Sócrates levantara cabeza... Decidí contarle una historia distinta, ya me desahogué demasiado con lo de mi ex-novia.

- Doctor, tengo un sueño que se repite.
- ¿Y qué es lo que ocurre en ese sueño?
- Pues me encuentro en pleno centro, rodeado de gente que... no sé, es una sensación muy rara, verá: están todos llorando, pero no tienen lágrimas, ¿sabe? Es complicado.
- Siga, siga, tenemos todo el tiempo que pueda pagar.
- Mire, algunos se están ahorcando pero moviéndose a la vez, como si no soportasen el peso de la realidad sobre su espalda, e intentan desesperados arrastrarse a donde quieren ir. Pero la soga no les deja.
- ¿Por qué me cuenta esto? ¿cree que esa soga puede ser usted?
- No, no. Yo no tengo ningún problema con ellos; pero soy el único que está normal, y los demás están en esas circunstancias que le he explicado, o bien jugueteando con una pistola en posición fetal, en mitad de la calle, ¿no le extraña?
- Es posible que tenga usted tendencias suicidas, ¿sabe?
- Eso pensé, pero amo la vida en todo su esplendor, lo que no me gusta es la gente. Gente que, con tal de no hacerse daño por fuera, se muere por dentro... Sí, eso es, quieren ser ellos mismos, pero la sociedad no les deja, y les hace mostrar una cara que no es la suya. Antes que dañar una imagen social que creen tener en su paranoia, encierran a su yo más profundo, para parecer lo que creen que es normal. Prefieren llorar en silencio a llorar en público, y creo que eso no está bien.
- ¿Usted cree que llorar en público está bien?
- Creo que la sociedad mata al yo, no le hablo de mi mente, sino de el hombre en sí. Hay muchas personas, todas únicas, una gran diversidad de experiencias, de posibles relaciones puras, y se contaminan y envenenan en el momento en que todos tenemos las mismas experiencias.
- Bien. Luego cree que las personas no deberían tener cosas en común.
- No lo sé. Supongo que está bien hasta cierto punto. Pero si todos vivimos lo mismo, ¿qué gracia tiene? El narcisismo ha llegado hasta tal punto que buscamos a una persona que se parezca a mí para que no nos desenamoremos de nosotros mismos. Yo, particularmente, prefiero lo diferente. Quiero decir, yo soy la única persona que veré toda mi vida, y lo divertido es conocerte a través de otros, también. Pero si son como tú, opinarán lo mismo que tú, no quedará hueco para la libre interpretación. Nuestra sociedad de consumo nos ha embaucado en el más absurdo de los caminos que se puede proponer el hombre: la impersonalidad.
- Vaya...

De repente el psicólogo bajó la mirada. Creo que fue la primera vez que lo vi reflexionar. Luego me miró cabizbajo y me pidió que le cediera mi sitio. Tras hacerlo, se tumbó en el sofá donde yo me encontraba, tiró la libreta a la papelera y empezó a hablar.

- Realmente, quién es el loco, quién es el cuerdo...
- Todo depende de cuanta gente haya de cada bando para determinar quién tiene el problema. Es muy triste.
Se echó las manos a la cara y comenzó a gimotear. Así, como lo cuento. Empezó a llorar desconsoladamente, y me sentí incómodo. Pensé que le había recordado algún problema existencial y le había hundido la moral.
- ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
- No sé qué sentido tiene mi vida. Estoy más loco que todos los que se han sentado en este sofá -dijo con cara de perplejidad, pero rojo como si intentase deshacer el nudo de su garganta-. ¡Se suponía que iba a cambiar un poco el mundo, ostia! Y aquí estoy... retorciendo los principios de la gente para evitar suicidios. Realmente quiero que mueran. Ellos quieren morir, yo quiero dejarles. El único problema es que si no hay locos, no cobro.
- Pues vaya.
- ¡¡Debería matarlos a todos, empezando por usted!!
- Debería cambiar el mundo empezando por usted.

jueves, 10 de junio de 2010

Un poco de pesimismo para alegrar el ambiente: aborrece el egoísmo.

Elimina el ego. Siente la calma. Nadie es más ni menos que tu;
tú eres la persona que vas a ser durante el resto de tu vida y no otra. Olvida la muerte, porque sólo será una más entre miles de millones.
Puedes elegir entre ser uno más, o ser el mejor, pero sólo como meta.
No hay persona capaz de conseguir sus sueños. La sociedad te controla eliminando el realismo de tu imaginación, creando un existencialismo absurdo, incoherente con la realidad, que acabará por consumir la imaginación realista que el ser humano posee por naturaleza; no podemos imaginar lo imposible, lo posible es pensable, lo imposible es impensable (de soñar seriamente).

Estamos abocados al fracaso desde que nacemos; desde que la naturaleza nos abandona a nuestra suerte y conseguimos autosuperarnos hasta valernos por nosotros mismos, crear una civilización, evolucionar, socializarnos... y entonces intentamos superar a los demás, y caemos en el círculo vicioso de creernos mejores que nada.

Esta especie no lleva a ninguna parte. Tenemos raciocinio, pero no lo usamos. Nadie nos ha enseñado a hacerlo. Dios nos odia, con toda seguridad, nunca quiso crear a una masa de gente que alimenta su ego con sueños imposibles.

"El autoperfeccionamiento es pura masturbación. La autodestrucción, en cambio..." es el sadomasoquismo emocional, la destrucción del alma y del espíritu, el ser asceta espiritual: no hay necesidad de desear nada material ni inmaterial. La destrucción del deseo de ser más grande que tu ego, es la aceptación de la vida como injusta. Nadie te pide permiso para nacer o para morir.

A cambio te piden permiso para entrar, como si estuviera haciendo algo importante. Sólo estamos perdiendo el tiempo, y eso está bien, pero lo malo es que luego lo encontramos. Lo encontramos viejo, arrugado, no le reconocemos, o no le queremos reconocer. Es el viejo amigo al que dejaste tirado, y la vida hace justicia y te lo planta en la cara, haciéndote ver que no hay ser capaz de evitar la justicia, pues nuestro egoísmo nos lleva a querer arreglar el mundo, pero no desinteresadamente, sino para creernos dioses, para ampliar nuestro ego hasta límites insospechados en el hombre.

Creemos que algo o alguien nos recompensará por ser buenos y puros. Pero nunca ha vuelto nadie de la muerte para decirnos qué es lo que hay después. En cambio muchos humanos vivos han hablado sobre lo que no han vivido nunca, y algunos, sólamente algunos millones les han creído. La vida es suficiente recompensa por no hacer nada. Somos pagafantas, perritos falderos del concepto de Dios que hemos creado sin querer.

martes, 1 de junio de 2010

¿Madurez?

Ya me ocurrió hace tiempo que comprendía la utilidad de la madurez para la vida en sociedad, pero no su valor como tal. Desde entonces he intentado evitarla.

No sé si algo merece la pena, todos los buenos momentos conllevan crisis en las que uno se pregunta si compensa. ¿El qué? La madurez, la inocencia... es extrañamente agradable vivir una vida optimista, despreocupada. Pero ¿es realmente la madurez buena en sí misma? Es una especie de droga este estilo de vida del que os hablo, pues no te das cuenta y te vuelves sensible para lo que te interesa. De repente tu subconsciente se percata de que pasa algo, pero, como un crío, intenta ocultarlo a la conciencia para que pase desapercibido. Te vuelves egoísta, y es que no se puede vivir para siempre en Tierra de Nuncajamás. Supongo que una vez pasada la infancia, la vida te enseña a madurar de una manera u otra.

Antes creía que si no fuese por la sociedad, podríamos seguir siendo críos inmaduros en cuerpos robustos, como el hermano pequeño que juega con los juguetes del hermano mayor. Pero una vez que has crecido, aprendes que sus cosas no te corresponden, y tienes que aceptar lo que eres, que te has hecho mayor, y que no queda más remedio que madurar. Si no dejas cada cosa a su momento, se te acaban las cosas y llenarás los momentos con cosas absurdas que desencajan, con los restos inexistentes de momentos que ya has saturado, o con momentos que te has saltado. Es una gran verdad que duele en lo más hondo del ser, y que podría llevar al más insensato mimado al suicidio.

Pero yo ya maduré, comencé a madurar y lo dejé cuando pensé que me hacia viejo demasiado rápido. Ahora estoy inestabilizado, incomprendido por todos. Me he quedado atrás, o quizás delante. Si cada uno elige su destino, también elige cómo llegar a él, ¿no? Quizás el existencialismo sea también una forma de inmadurez, y de negación de quienes somos. No estamos predestinados a nada en teoría, pero una vez hemos vivido unos momentos que nos han marcado, y una experiencia que nos ha condicionado nuestra forma de vida, es imposible no afrontar, tarde o temprano, quién eres y lo que serás.

Quizás los momentos tristes no deban superarse pronto, quizás no deba buscar recursos a corto plazo, quizás deba seguir el protocolo del modo de vida en el que ya me he encarrilado. Puede que no haya visto la vida del modo en que la tenía que ver, y que haya tomado, por diversión, algunas decisiones desproporcionadas por la adrenalina que segrega lo absurdo. Sí, más de una vez le he puesto una tirita a una herida profunda, y más de otra me he querido morir por partirme una uña. Pero quizás la cura proporcionada inmediatamente tampoco sea la solución; a veces hay que dejar que la sangre salga, respire, se tranquilice y se desahoge. Al feto no le gustaría salir a ver mundo cuando se encuentra bien, al niño no le importan las convenciones sociales porque es inconsciente de que existen, al adolescente no le suele importar nada porque está cabreado o bien extasiado con el mundo. Pero al hombre adulto, demasiado mayor para ser adolescente, demasiado joven para pensar que llegó la hora de sentar cabeza... Él está en un callejón sin salida, y nada de lo que haga sevirá para sentirse satisfecho consigo mismo. O bien siente ganas de rendirse a la madurez, o bien siente que está perdiendo los últimos años de su vida para saltarse el protocolo social y regocijarse en sus desperdicios.

Siempre vi la experiencia como algo terrible, un mal que se nos impone por el simple hecho de existir, de estar despiertos. No podemos hacer nada más que aceptarla y aprender de ella. Pero más de una vez me sigue pareciendo que la experiencia sólo te encierra en un punto de vista, porque lo que has vivido te marca, y forma tus principios, lo que eres como persona. Lo pensaba así porque ¿y si he vivido los momentos equivocados? ¿y si me he creado una idea errónea del mundo por tener experiencia en este momento, en este lugar? Pero no hay versiones erróneas de la vida, sino diferentes, y lo más grande en la vida consistirá, seguramente, en dedicarte a aprender de lo que ella te ofrece sin pedir nada a cambio: la experiencia.