martes, 26 de abril de 2011

Sucesivas demostraciones empíricas de que Dios me odia.

Esta historia está llena de controversias, suspense y claustrofobias. Es el relato del acontecimiento histórico bautizado con el “3-D”. Es sólo un punto de vista más, de entre los miles de afectados por la huelga de controladores aéreos en España, añadiendo la tragedia posterior ocasionada indirectamente en Faro, o povo surrealista (Faro, el pueblo surrealista) en Portugal.

Todo empezó una tarde de domingo, después de un partido de fútbol; surgió la propuesta de ir a un concierto de Ben Harper en Londres, Reino Unido, completamente improvisada, y acepté. También les pareció buena idea a Nathalie, Leandro, Beatriz, Antonio y Pablo, aunque este último no fue por motivos económicos. El concierto fue el viernes 3 de diciembre, pero no estábamos ahí.

El primer incidente ocurrió al coger el tren del aeropuerto de Gatwick al centro de Londres; un trayecto de una hora se alargó a dos horas y cuarto, debido al pésimo estado de las vías causado por la intensa nevada que afectaba a la capital. No se veía una nevada así en diciembre desde hacía 45 años. Cuando conseguimos llegar a Londres, el meteo – sat no nos acompañaba; acostumbrados al clima de Málaga, cinco chavales con maletas, poco abrigo y tales condiciones espacio-temporales, tenían todas las de perder, véase: 3 grados bajo cero, nevando (sí, nevando, guau); charcos helados repartidos arbitrariamente por la ciudad, pero inexorablemente deslizados bajo nuestros pasos -te despistabas un momento y metías hasta la rodilla-; y así, con los dedos morados y sangre en la nariz por el cambio brusco de temperatura, teníamos que encontrar el lugar donde se encontraban las llaves del cada vez más idílico apartamento. Tras media hora en su busca, nos rendimos y cogimos un taxi, un exceso que luego pagaríamos caro. Andar de una punta a otra de Londres y luego volver al apartamento, al lado de la estación de tren, en estas condiciones, fue una tarea memorable, recompensada por la excesiva calefacción de nuestro pequeño hogar.

Durante los días más fríos del año, recorrimos los lugares más turísticos de Londres, eso sí, siempre con una nieve puntiaguda, cortante, malintencionada, que nos impidió, en ocasiones, abrir los ojos para poder maravillarnos con los monumentos. Esta misma nieve canceló el concierto de Ben Harper, el principal, si no el único motivo de nuestro viaje.

Pasemos a la parte cómica y controvertida del relato. Durante los días que pasamos en la ciudad, nos enterábamos de noticias a medias (nuestro nivel de inglés es precario) sobre el tráfico aéreo entre Londres y Sevilla, nuestro viaje de vuelta previsto, en un principio, para el sábado 4 de diciembre a las 14:55 con Ryanair. Estas noticias fueron, desde un principio, que las nevadas en Londres impidieron el tráfico aéreo durante los días que pasamos visitando iglesias y más monumentos a gente muerta. La otra noticia, la noticia, fue que en España los controladores aéreos decidieron hacer una huelga, porque un Real Decreto – Ley les iba a aumentar el horario laboral, y claro, la reacción más lógica es cancelar 2.500 vuelos. Hijos de la gran puta, cinco palabras que se me vinieron instantáneamente a la cabeza cuando escuché la noticia de los labios de Antonio.

La diferencia entre sus quejas y las de cualquier otro sector laboral no es más que el poder; los controladores tienen una gran responsabilidad, y si no van a trabajar, hacen más ruido. En mi opinión, por tener el derecho a huelga y una repercusión mayor con la misma, no deberían ejercerlo, precisamente por este desencadenamiento. Todos los trabajadores tienen el mismo derecho, pero se les ignora cuando hacen huelga porque no ocurre nada, no tienen influencia ni poder sobre las masas, no afecta igual a las personas.

En fin, de momento seguimos en el aeropuerto con la cara de póquer, porque vimos lo siguiente:

“SEVILLA RYR5252 14:55 CANCELLED”

Y nada, a esperar, a reclamar, a pelearse en inglés (algo que, por cierto, mejora tus facultades en el idioma); queremos nuestro vuelo, pero nos dicen que hoy no salimos del aeropuerto, aunque se acabe la huelga de controladores. Todos lloran, Dios, cómo lloran, como si tuviesen algo importante que hacer en España. Yo no me preocupo porque mi tiempo dejó de tener valor hace ya unos años, pero esa es otra historia, y será contada en otra ocasión. Bien, pues pongámonos a buscar vuelos, porque cuando empiecen a salir vuelos a España van a salir primero los afectados por las fuertes nevadas y luego los afectados por la huelga. No se puede cambiar el destino, inexorable como el de la vida misma, sólo podemos cambiar la fecha; de sábado a jueves; seis noches y siete días viviendo en el aeropuerto.

La huelga se ha acabado; busquemos vuelos: las compañías se aprovechan de la situación y los precios de los vuelos a España se incrementan exponencialmente; mientras busco en mi portátil, los demás intentan buscar otra solución. 40 € por persona, no está mal... Comprar! Oh, vaya, la página ha caducado, bueno, otra vez... Oh, ha subido a 75 €, cambiemos de buscador de vuelos: Rumbo.es, de Londres a Sevilla, sigue siendo caro. Pues vayamos a París y cogemos un tren a Sevilla. No, es mucho camino... Vamos a Portugal, que salen antes, claro, pues a España están saliendo los prioritarios que fueron afectados por el temporal, y no queremos estar hasta el jueves aquí. Vuelo Londres – Faro, “Estamos buscando el vuelo más barato entre más de 30 compañías aéreas, gracias por su espera” decía la página. Qué amables son. 6.000 € un jodido vuelo para cinco personas a Faro, que Dios baje y vea esto porque no sabía si descojonarme o dejarme caer en el suelo repleto de convulsiones. Pero sube Nathalie, Dios bendiga América, con buenas noticias, nos han cambiado el vuelo a Faro gratis, y sólo tenemos que esperar de sábado a Lunes, aunque fuese un cambio de destino que cinco minutos antes nos dijeran que era ilegal, pero poco me importa después de ver tantos ceros en Rumbo. Al fin suben con el “billete”; era un número de reserva apuntado a bolígrafo Bic por el reverso de uno de nuestros billetes del vuelo cancelado a Sevilla. La madre que parió a Ryanair, pensé que nos estaban tomando el pelo.

Durante nuestra estancia en Gatwick, conocimos a unos salmantinos que llegaron a estar ocho días en el aeropuerto, les pilló el problema del clima y el de la huelga. El karma se equivoca siempre de país (que sí, que lo dice Nach Scratch).

Una vez resuelta nuestra lucha contra el destino, nos aventuramos en el avión a Faro. Faro, en Portugal, un pequeño pueblo en el que nos aguardaban miles de extrañas aventuras. Tras lo ocurrido en aquel grisáceo y decadente pueblo de pescadores, llegué a la tesis de que el pueblo entero representaba una entramada y estúpida obra de teatro cuidada al detalle, donde nosotros éramos los protagonistas de un reality show típico de Telecirco, seguramente un plan del gobierno para aumentar el turismo bizarro. Pero no fue así. Fue real, y no los supimos hasta que, llegando a Sevilla, sucedió que no se nos informó de cámara oculta alguna.

Nada más aterrizar el avión en Faro desde Londres, cogimos el primer autobús del aeropuerto hasta el centro, donde se hallaba la estación de autobuses para salir a Sevilla. Y justo al llegar, la estación de autobuses está cerrando. Los autobuses siguen saliendo, pero no se pueden comprar más billetes hasta el día siguiente por la mañana. Conocimos entonces ya formalmente a un estrafalario y extraviado turista español que, como nosotros, fue arrastrado hasta Faro por las garras de Ryanair. Éste nos hizo compañía y puede verificar nuestra inverosímil historia.

Aquí empieza lo bueno. Como desesperados guiris, nos preocupamos cada vez menos por nuestro poder adquisitivo, y cada vez más por llegar vivos a España. Un taxista nos ofrece llevarnos hasta huelva por 75€, pero desaparece mientras decidimos en grupo, y entonces apareció Él. El taxista número veinticinco, posiblemente Satanás en persona, la encarnación del Mal, el vicio y la desdicha de la naturaleza humana personificada en un taxista medio ebrio, de piel oscura, ojos callejeros y barriga cervecera. No la barriguita cervecera española, que a veces tiene hasta su gracia, sino una barriga maligna y enfermiza, impura, amorfa, desdichada. Nuestro primer encuentro con el taxista número veinticinco fue breve pero intenso: nos dice que nos lleva a Huelva por 120 €, y que es el precio que todos los taxistas nos cobrarían. Claro que, por aquel entonces, ignorábamos que Él era el único taxista de Faro que conoceríamos. Se le notó un tono chulesco mientras, con su vomitivo aliento alcohólico, le contaba a un portugués cómo nos estaba tomando el pelo a nosotros, los guiris. Por suerte Leandro sabía algo de Portugués y le dimos la espalda. Parecía que si nos subíamos en aquel taxi, perderíamos con absoluta seguridad la vida.

De modo que nos acercamos a un hotel a tres manzanas, y le pedimos que llamara a la oficina de Taxis para pedirnos otro. Le pedimos, le rogamos al recepcionista que por favor no viniera el Taxi número veinticinco, que le eximiera de su tarea. Pero claro, como entonces resulta que Dios nos odiaba a muerte, pues envió al Diablo en persona a la puerta del hotel. Allí estaba, en la entrada, con el maletero abierto, y bastante mala hostia porque le esquivamos en la parada de Taxis donde nos ofreció sus servicios de chófer / secuestrador de extranjeros. Resulta, pues, que nos asustamos, porque no queríamos ir con él, pero habíamos pedido un Taxi, y optamos por decirle que no íbamos a cogerlo. No sabíamos que nos estábamos metiendo en aguas pantanosas. Nos exigió nada, diez euros, por hacerle venir desde la paralela con el taxi hasta la puerta del hotel y montar el numerito de abrir el maletero y exigirnos entrar, como si fuera un policía metiendo a unos vulgares criminales esposados en el coche patrulla. Al decirle que los diez euros los iba a pagar Peter McDowell, obviamente no con esas palabras, sus facciones mostraban su irritación, su furia contenida. Es una curiosa situación: una persona que en otras circunstancias podría no habernos caído tan mal, pero se creía que le estábamos vacilando o esquivando, mientras nosotros creíamos que él formaba parte de una red de taxistas secuestradores que tenía por afición ponerle los cojones de corbata a los turistas. Nos daba mal rollo, simplemente. Es de esas personas a las que no dejarías nada a su cargo si te pudiera llegar a afectar. Si nos imaginamos el pasado del taxista número veinticinco, vislumbramos un padre alcohólico, una madre obesa enganchada a Sálvame Deluxe, una infancia de abusos y palizas, drogadicción adolescente, y una pelea que acabó yéndose de las manos del taxista, asesinando al que fue su único amigo por el que merecía la pena vivir. El trauma que le provocó la vida no le dejó hueco en su conciencia para nada salvo un trabajo fácil, rutinario, pesado, y que sea tan automático y sencillo que se pueda llevar a cabo estando ebrio.

Volviendo a la historia, resulta que no hay más medios de transporte para salir de Faro, una vez eliminados los autobuses y los taxis. De modo que la solución, a la cual llegamos cerca de las cuatro de la madrugada, era esperar a que abriera la estación de autobuses al día siguiente. Pero necesitamos los billetes con un mínimo de dos horas de antelación a la partida del autobús, para poder subirnos al mismo. Y la estación abría a las 9, mientras que el autobús salía a las 10. De modo que a las cuatro y cuarto de la mañana, con una llovizna fina e intermitente, resguardados bajo un toldo agujereado cercano al McDonalds del cual aprovechamos el Wi – fi, y asfixiados por la escasísima batería del portátil, comprábamos por internet los billetes para cinco personas. De Faro a Sevilla por 18 € cada uno, algo más caro que el taxi, pero al menos con la seguridad de llegar sanos y salvos a nuestra patria. Introdujimos, en los 10 minutos restantes de batería del portátil, los datos completos de seis personas junto con mi cuenta bancaria y mi e-mail, todo escrupulosamente organizado para coger el primer autobús de la mañana. Tras aparecer durante una milésima de segundo un cartel con el letrero “Sus billetes han sido enviados a *****@trollmail.com”, la batería del portátil cayó; no obstante, cayó con la gracia y el orgullo de un héroe con el trabajo bien hecho.

Entré a un hotel para imprimir los billetes desde mi correo electrónico, ofreciendo una modesta pero justa propina por el uso de su equipo informático. El recepcionista aceptó, aunque no de buena gana, y yo, apartando disimuladamente la vista de la página erótica que tenía abierta en el Mozilla, abrí una pestaña y llegué hasta mi bandeja de entrada. Le dí al botón de imprimir, con la sencilla esperanza de que algo saliera bien en aquel pueblo surrealista. Iluso de mí. “The printer doesn't work”, me dijo el amable (en comparación con lo visto) recepcionista. Quince minutos después, me dirigía al lapicero donde estaba el cúter para cortarme las venas, cuando la impresora hizo un ruido extraño y acto seguido inició la impresión. Dios me ama, pensé. Iluso de mí. Los ama a todos menos a mí, porque la muy bastarda ha imprimido todos los billetes menos el mío. Tras otros quince minutos de espera, donde transcurrió el mismo proceso de ilusión, decepción, desesperación y pensamientos suicidas, imprimió de nuevo todos los billetes, pero esta vez estaban todos. Por lo visto mis compañeros de viaje interpretaban mis caras desde la puerta del hotel, y no sacarían buenas conclusiones al principio, pero mi cara triunfal a la vuelta era unívoca: volvemos a España. Iluso de mí...

Como era ya tarde, y nuestro autobús salía en pocas horas, no nos rentaba dormir en un albergue, y nos tumbamos en un portal frío y oscuro, donde pasamos lo poco que quedaba de noche. Creo que fui el único que pegué ojo. Sin embargo, los planes de Dios no habían terminado aquí.

A la mañana siguiente, salimos del portal con el dolor de cabeza típico de no haber dormido nada en toda la noche, y el clásico ceño fruncido correspondiente al pensamiento de “estoy hecho una mierda, esto no es natural, mi cerebro no puede aceptar dos amaneceres seguidos sin descanso de la consciencia”, etc. Pues vamos a la estación de autobuses, esta vez abierta, y en la oficina nos dicen que los billetes que hemos comprado no corresponden a ningún autobús: ningún autobús sale a esa hora. Lo aceptamos resignadamente, pues estábamos hechos a la idea de morir en aquel pueblo. Pero ya hemos pillado la lógica de los timos: “hoja de quejas y reclamaciones”, exigió Antonio. La frase perfecta para que de repente, el autobús existiera; también los billetes funcionaban ahora. Pero a diferencia de nosotros, el Diablo nunca duerme, y por la noche había trazado el siguiente movimiento de las fuerzas del mal. Sí, tenemos billetes, pero no para el autobús Alsa de las diez, sino para el de marca blanca que sale a las 15.30, en una parada ajena a la estación de autobuses. Y eso no es todo...

Causalidades del destino, el taxista número veinticinco decidió aparecer en la puerta de la estación, mirándonos con cara de no haber pegado ojo en toda la noche mientras se le pasaban por la cabeza nuestras caras, una detrás de otra, para no olvidarnos jamás y jurarse a sí mismo venganza eterna. Pasé a su lado lo más rápido posible mirándole con el rabillo del ojo. Decide que es una buena idea escupir a mis pies. Hizo lo propio cuando pasaron por delante el resto de mis compañeros. Antonio, cuya paciencia se desborda tan pronto como la vejiga de mi abuela, le hizo un calvo al taxista, y su reacción de adulto maduro y responsable fue perseguirle dentro de la estación de autobuses y propinarle un buen guantazo con la mano abierta en la jeta. Delante de todos los policías, conductores de autobuses, transeúntes y gerentes de las compañías de viajes que se encontraban en la estación. El taxista se dio a la fuga. Tras una enmarañada explicación a un policía ciclista de lo ocurrido, nos miró con cara de decepción cuando le confesamos no saber el nombre del taxista número veinticinco. Lo sentimos, agente, por no haberle preguntado el nombre a un asesino en potencia. La verdad, no veíamos el momento. Quizás deberíamos habérselo preguntado cuando se estaba defecando en nuestros familiares la noche anterior, al negarle los diez euros que no se merecía. A lo mejor, el momento idóneo para saber su nombre fue cuando, a la mañana siguiente, murmuraba insultos sucios y malintencionados entre dientes, escupiendo el suelo por el que pisábamos. De hecho, agente, ojalá lea esto por alguna casualidad del destino, y se dé cuenta de cómo se ve la justicia desde el lado injusto. Si el nombre es algo tan indispensable para atrapar a una persona que ha estado expuesta a las cámaras de seguridad de la estación y del hotel más cercano durante las últimas veinticuatro horas, cuyo número de taxi conocemos y me temo que jamás olvidaremos, pues entonces será culpa nuestra.

Mientras tanto, los tejedores del destino tenían planes para Bea y Nathalie, el grupo femenino de nuestra piña: dos niñatos portugueses las piropeaban de forma grosera y sucia, algo que sentó mal a Antonio, el novio de Bea, quien les mandó callar con un gesto. Parece que Antonio no ha aprendido que la reacción portuguesa ante cualquier falta de respeto consiste en una agresión física. Esta vez, los niñatos tiraron una taza de café (yo tampoco sé de dónde la sacaron) en dirección a las niñas, y le cayó a Nathalie en la espalda. Luego, los graciosos de turno salieron por piernas.

Bueno, pues acudimos a la estación de policía, por lo del taxista, ya que el policía ciclista era demasiado inútil de la vida, y el jefe de policía, la primera persona hispano – parlante que conocimos en Faro, nos hizo olvidar nuestros problemas con una retórica infalible:

- Podéis denunciar, pero si él denuncia por la falta de respeto -sí, se refería al inocente calvo de Antonio- tendrás que venir a juicio a Portugal unas cuantas veces, cada cierto tiempo.

- Pero, ¿no vais a hacer nada? -dijo Antonio- ¿y si me lo encuentro otra vez por la calle?

- Sois más que él, podéis defenderos.

Maximum poker face. El jefe de la policía nos aconseja pegarle entre todos si nos lo encontramos. Gracias una vez más, sistema policial, por asegurar la integridad de nuestras vidas.

Cuando subimos al autobús, que, por supuesto, no era de la compañía que nos dijeron ni paraba en el lugar que nos indicaron, pero que iba a Sevilla al fin y al cabo, todavía desconfiábamos de lo que pudiera pasar. Intentábamos pensar en lo peor que podría pasar, pero nuestra mente, adormecida por el cansancio, el surrealismo, y la lánguida y malsonante lengua portuguesa, quería descansar. Me desperté en la estación de autobuses de Sevilla, y por fin pude reírme de lo acontecido. Mirando al techo del autobús, aunque mi intención era dirigirme a Dios, murmuré: ¿Te aburres ahí arriba?


- THE MOTHERFUCKING END -

martes, 5 de abril de 2011

Neuroscience

y dime, ¡¿cómo escoger las palabras para decirte que...?!

que el amor es una simple reacción química, que no existe ni el alma ni Dios, sólo el mundo, lleno de cuerpos, hambrientos de placeres y realización personal...

quizás debemos preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí sin darnos cuenta. Quizás debemos preguntarle al Dios de nuestro interior, el único realmente existente, cómo cojones experimentar la tristeza, en lugar de buscar una píldora que la cure. Porque (atención, mundo) no es una enfermedad. Es tan necesaria como la alegría. Dime, progreso, ¿cómo puedo experimentar el dolor de verdad si lo has eliminado?

porque, aunque no tenga ninguna razón para hacerlo, prefiero creer que cuando leo a Gorgias y se me pone el vello de punta, no es por los impulsos eléctricos de mi cerebro sino porque mi alma se eleva. ¿De dónde salen los impulsos que impulsan a los impulsos? Como siempre; la respuesta acertada es un proceso infinito al infinito, porque la nada no es nada, y nunca pudo existir nada antes que algo, luego ese algo que es el universo siempre ha estado ahí.

porque cuando no hay palabras para expresar el amor, no las hay. Ni poemas, ni flores, ni ositos de peluche, sino el más puro e intenso dolor en el fondo del corazón. Si no hay palabras, no las hay.

Y si no, dime, Dios, una sola ley universal del ser humano. Trátame como a un número, y te trataré como a un felpudo.

lunes, 7 de marzo de 2011

Un mundo feliz.

Aldous Huxley nos habla en esta obra, y con gran acierto, acerca de la naturaleza humana. Y no sólamente por perlas como ésta:
"Una de las principales funciones de nuestros amigos estriba en sufrir (en formas más suaves y simbólicas) los castigos que querríamos infligir, y no podemos, a nuestros enemigos".

También tiene un tema de fondo que particularmente adoro, y universalmente se caracteriza por lo hermoso de la complejidad, o la complejidad de lo hermoso: lo divino en lo humano. Lo bello, efímero, que hay en las pasiones. La soledad para disfrutar la compañía. El sufrimiento del desamor para sentir el amor. El dolor, para reconocer el placer. Es algo mágico, sensacional, que llevaba pensando un tiempo, pero nunca lo pude expresar de manera que inundase tan plenamente el alma como lo ha hecho Aldous Huxley.

Para entrar en el tema, ahí va una selección de la dialéctica que llevan a cabo John el Salvaje y Mustafá Mond, en el capítulo XVII.

"La producción en masa exigía este cambio fundamental de ideas. La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas, los engranajes; la verdad y la belleza, no".

Ésta es la civilización futura:

"podemos ser independientes de Dios. El sentimiento religioso nos compensa de todas las demás pérdidas. Pero es que nosotros no sufrimos pérdida alguna que debamos compensar; por tanto, el sentimiento religioso resulta superfluo. ¿Por qué deberíamos correr en busca de un sucedáneo para los deseos juveniles, si los deseos juveniles nunca cejan? ¿Para qué un sucedáneo para las diversiones, si seguimos gozando de las viejas tonterías hasta el último momento? ¿Qué necesidad tenemos de reposo cuando nuestras mentes y nuestros cuerpos siguen deleitándose en la actividad? ¿Qué consuelo necesitamos, puesto que tenemos soma? ¿Para qué buscar algo inamovible, si ya tenemos el orden social?"

He de señalar mi aprecio particular hacia los símiles que establece la obra:

Por un lado, las similitudes de los personajes con personas reales, y la exposición crítica del pensamiento de éstas a través de aquellos. Archi, cantor de la comunidad, es una figura semi-religiosa basada en Canterbury. Bernard Marx se refiere a Bernard Shaw (uno de los pocos escritores sin censura de la antigüedad) y Karl Marx. Sarojini Engels es una referencia a Friedrich Engels. Y los llamados ejercicios malthusianos en la obra (que son métodos anticonceptivos), hacen referencia, obviamente, a Malthus y su famosa teoría sobre el crecimiento poblacional.

Por otro lado, mientras Huxley ataca el surgimiento de las actitudes socialistas y comunistas, también se opone a la sociedad consumista y capitalista. De hecho, los motivos finales son más fuertes que los anteriores: en la novela, el fundador legendario de la sociedad fue Henry Ford, el desarrollador de autos creador del sistema de la línea de montaje. La letra T (una referencia al Modelo T de Ford) ha reemplazado la Cruz cristiana como un símbolo casi religioso.

También aprecio enormemente las sentencias, las frases categóricas, tajantes, que suponen siempre un punto de vista crítico, aunque con tendencias pesimistas, también alentador, purificador. Como el siguiente:

"Actualmente, cualquiera puede ser virtuoso. Uno puede llevar al menos la mitad de su moralidad en el bolsillo, dentro de un frasco. El cristianismo sin lágrimas: esto es el soma."

Podría escoger todos y cada uno de los versos de este fantástico poema sobre lo humano, para representar la grandeza de Un Mundo Feliz. Me parecía demasiado descabellado destacar algún punto de la obra sobre otro, así que los he escogido rápidamente y casi al azar.

Creo que se puede relacionar en gran medida con mi pensamiento acerca de la diferencia entre belleza y utilidad, al que, tras leer esta obra, creo que merecerá la pena dedicar, al menos, una entrada.

Shakespeare.

Nada, sólo vivir
en el rancio sudor de un lecho inmundo, cociéndose en la corrupción, arrullándose y
haciendo el amor sobre el maculado camastro ...

¡Ella enseña a las antorchas a arder con fulgor!
Y parece pender sobre la mejilla de la noche
como una rica joya en la oreja de un etíope;
belleza excesiva para ser usada;
demasiada para la tierra.

Sobre España y los huevos.

La lacra de la sociedad española son los humoristas, que hacen elogio de nuestra actitud de cobarde con la boca grande. Y lo que hacemos en nuestra vida no es más que quejarnos, echar balones fuera, y no quejarnos. Nos faltan huevos. Y si los cómicos hacen burla de ello, nos reímos y lo aceptamos, "somos así". Pero al menos yo, que pienso que aceptarse a uno mismo tal y como es no es siempre la mejor opción, puedo alejarme y ver con ojo crítico lo que pasa. Y precisamente lo malo es que no pasa nada. Llevamos años, en este país, sufriendo unas cuantas razones de suicidio:
- Un partido de izquierdas que supuestamente ayuda a los trabajadores. Pero vamos a ver, ¿quién coño trabaja en España? Lo peor es que no todos somos tan vagos, es decir, que los no vagos son los ricos. Osea que la españa lógica, los españoles que tienen algo de sentido común, están tan hasta arriba de dinero que no influyen en la política, porque cualquier sueldo decente vale más que la dedicación política. El gobierno de España es corrupto e inútil. Y luego decimos "Zapatero, haz algo". Y seguimos a lo nuestro. No estamos dispuestos ni siquiera a renunciar a nuestro trabajo de economía sumergida mientras cobramos el subsidio de paro, por supuesto, para realizar una huelga en condiciones. Sí, nos faltan huevos.
- Unas leyes de dudosa moralidad y que necesitan un amplio debate público, que nos son impuestas sin votación alguna excepto la de los partidos mayoritarios. Vamos a ver, ¿somos gilipollas? No, porque estoy estudiando una carrera y si resulta que yo también soy subnormal, pues me meto al narcotráfico y dejo de perder el tiempo. Pero bueno, como no soy una familia de gitanos ni una adolescente embarazada, las leyes que no me afecten me resbalan. Egoísmo del malo es lo que tenemos aquí, en lugar de, como mencioné anteriormente, huevos.
- Unos precios abusivos por parte de las compañías aéreas, de la luz y del gas, de las estaciones de servicio (por si acaso: gasolineras), de las compañías telefónicas (es decir, Telefónica), de los talleres de reparación, de la SGAE, de la vivienda, del transporte público... La lista sigue, pero no estamos dispuestos a plantarle cara a nuestra empresa, que también cobra precios abusivos, porque estamos muy cómodos en nuestro "puesto" de funcionario en el bar, o en nuestra oficina esperando a que nos echen para cobrar la indemnización. Sí, nos faltan huevos.
- Una educación, ante todo, deprimente. Pero también cara, muy cara, y vendida al mercantilismo. Podría dar datos como que el 31,9% de los jóvenes no acaban sus estudios de secundaria, pero no quiero deprimiros. Al contrario, animo a todo aquel que lea esta parrafada, a que continúe sus estudios, a que aspire tener una educación decente, aunque se venda al sistema, aunque sea por la estúpida sensación de creerse mejor que ese 31.9%. Aunque pensándolo bien, quien no haya acabado la ESO, dudo que sepa lo que es un blog (toma generalización vasta).

Y sufriendo estas razones de suicidio, vivimos en ellas, nadamos en nuestra mierda, y lo que es peor: como quien está orgulloso de ser del Málaga C.F. porque es un equipo mas bien malo, y pone su orgullo ante su raciocinio para defenderlo*; nosotros estamos orgullosos de nuestra mierda. Quiero decir, ¿en qué universo, bajo la mirada de desaprobación del Señor, puede existir un español patriota? ¿Patriota porqué? Es posible que nos falte algo más aparte de huevos. Es probable que hayamos perdido el pensamiento. ¿Acaso lo tuvimos alguna vez?

*Sobre la actitud "ultra" y el absurdo de el enorgullecimiento de la pobredumbre, diré algo más adelante.

sábado, 12 de febrero de 2011

De pequeños no éramos felices, sino estúpidos.

No me refiero a que fuésemos felices por nuestra ignorancia, sino a que éramos estúpidos y sólamente estúpidos. Pues una vez que hemos crecido y usamos correctamente nuestro razonamiento, nos damos cuenta de dos cosas:
Primero que, en la mayoría de los seres humanos al menos, se da un progreso en cuanto a lo que intelectualmente se refiere. Tienden a madurar y aumenta su astucia, su responsabilidad y mejoran su habilidad de utilizar el pensamiento. Todo ello acompañado o implicando a un aumento, y este es el progreso más claro y perceptible, de la conciencia sobre el mundo y ellos mismos.
Por otro lado, la felicidad se persigue, no se consigue; y cuando se tiene no se es consciente permanentemente de ella, pues apenas dura unos pocos momentos. Digo esto en cuanto que sólo nos damos cuenta de lo felices que hemos sido cuando el momento de felicidad ya ha pasado; así ocurrió con nuestra infancia, y así ocurre en toda nuestra vida.
En conclusión, la felicidad no es felicidad, sino inconsciencia del mundo y las cosas, de la vida; en esencia, inconscientes. En este sentido fuimos estúpidos de niños, en cuanto que fuimos inconscientes, lo que hoy en día se entiende, erróneamente a mi juicio, por "felices".

Por otra parte he de señalar que, aunque otras personas se hayan dado cuenta, reflexionando, de que un modo de creer ser "feliz" es la inconsciencia, hay algo que empuja al ser humano a seguir siendo consciente, a no idiotizarse. Quizás por el miedo a ser menospreciado en la sociedad al vivir inconscientemente, o puede que sea que el destino del hombre no es ser feliz. Quizás es por el sueño ideal del
hombre, de ser feliz y consciente a la vez, que tanto hemos luchado por él que ya no queremos deshacernos de todo el camino andado y volvernos instantáneamente inconscientes, por orgullo de lo que hemos realizado buscando ser felices. En todo caso, son solo juicios, pensamientos, reflexiones que solo tenemos por culpa de nuestra consciencia. Si no la tuviéramos, y no la tuviéramos nunca, simplemente seríamos lo que hoy llaman "felices", y no nos preguntaríamos siquiera la causa de nuestra "felicidad".

A lo que he de añadir; siendo yo consciente, ¿puedo establecer un juicio sobre que la felicidad está en la inconsciencia? No, pero tampoco puedo, siendo inconsciente, establecer juicio alguno, por lo que estoy seguro de que siendo consciente y racional como en este momento, estoy pensando verdaderamente y, si no verdaderamente, al menos, estoy pensando, que es más de lo que podría hacer en mi inconsciencia.

Además he de decir que, si en algún momento algún adulto consciente ha llegado a creer que habia alcanzado la felicidad (por el medio de, por ejemplo: crear un vínculo familiar, criar a los hijos, tener un trabajo estable y tener tiempo para la reflexión y los disfrutes personales), no es porque sean estúpidos o inconscientes, sino por que no son "felices" de verdad. En primer lugar porque, como he explicado, no son inconscientes; por otra parte, porque estoy terriblemente seguro de que no es una "felicidad" como la que experimentaron de niños. Es una especie de alegría, normalmente intermitente, causada por la realización personal y espiritual, o al menos esto es en el ejemplo que he explicado. Y en este ejemplo, esto es lo más parecido a ser "feliz". Y ejemplos aparte, esta pseudo-felicidad es lo más parecido a la Eudaimonia griega, la alegría, el placer. De jápines.

jueves, 10 de febrero de 2011

Reflexiones sobre la guerra. El anarco-fachismo.

Quizás es sólo porque el ser humano quiere lo que no puede tener, pero quiero una guerra.

Una generación que no ha vivido una guerra, no valorará la democracia. Por eso nuestra generación está tan cabreada, es tan quejica y violenta. Necesitamos desfogar. Necesitamos un vacio legal para hacer lo que está prohibido, o lo que se considera malo.
Necesitamos hacer algo inhumano, para sentirnos humanos. Creemos que no tenemos límites, pero sólamente porque nadie nos lo ha establecido (¿leyes? ¿qué leyes? ¿hay alguien legal en el mundo, o es solo un ideal?); todos son mimos de nuestros padres, para que no suframos como ellos...
Antes se vivía más y mejor. No tenemos la sensación de gloria y de victoria de nuestros padres al ganar una guerra, ni el hundimiento en la humildad al perderla; no hemos tenido que luchar por un plato en la mesa para aprender a valorarlo.
Además a nuestro país en concreto le falta unidad; la única vez que se observa a España unida es en los mundiales de fútbol, y tampoco del todo. ¿Veis la energía que tienen los estadounidenses? ¿Está equiparada a su patriotismo, porque son un estado, y consideran al país como una causa para la lucha en la vida o en la guerra? ¿Es por eso que aquí somos tan vagos y poco trabajadores, porque no tenemos una causa por la que luchar? Desde este punto de vista se favorece el argumento, creo yo, del patriotismo y el desprecio que tienen los fachas hacia los rojos, considerando a éstos como pueblo pseudo-obrero, vagos, perezosos...
Estoy trabajando en un argumento que defienda la necesidad del "derechismo" en España, pues es evidente que hace falta mano dura. Y nada para unir más a un país que la crisis, para hacer renacer el ansia de imperialismo, y que sea imperialismo económico.
Siempre me consideré un anti-sistema, pero no puedo negar que como filosofía de vida, el pensamiento obrero deja mucho que desear, pues acabaremos todos siendo hombres-masa, como decía ciertamente Ortega. El "fachismo" te da una razón para vivir la vida en su plenitud, para alcanzar la cima, ser el mejor, ser recordado... y el "obrerismo" te deja en la mediocridad. El primero piensa en dejar atrás la escoria y plantar la bandera de tu patria en lo alto de la mierda que rodea constantemente al español medio. Pero el segundo no piensa en subir a la cima, sino hacer bajar a los que tanto han luchado por llegar hasta ella. Por supuesto, no pasaré al extremo de apoyar la tradición o el conservadurismo; estos son derivaciones políticas extremas que caben en mi pensamiento pero que no estoy dispuesto a compartir. Creo en un sistema rotativo, que todos saboreemos esa gran victoria sobre el mundo, que nadie muera desconocido.

Creo que, si no hay más guerras en el mundo, habrá que crearlas, o acabaremos todos locos.